Fatiga extrema y respiración agitada: las pistas que el cuerpo manda antes de que la neumonía muestre la cara
Un neumonólogo de Mass General Brigham advierte que la tos y la fiebre no siempre encabezan el cuadro y que en mayores de 65 años la temperatura puede incluso bajar de lo normal.
Eran cerca de las diez de la mañana de un martes cualquiera en el consultorio de la División de Medicina Pulmonar y Cuidados Críticos de Mass General Brigham, en Boston, cuando el neumonólogo Gerald Weinhouse se sentó a repasar una vez más lo que ve semana tras semana en su práctica clínica. Lo hizo frente a mí con la misma frase que repite a sus colegas más jóvenes: la neumonía no siempre entra por la puerta que uno espera. No avisa primero con la tos ni con la fiebre. Muchas veces, dice, empieza con un cansancio tan profundo que el afectado siente que le cuesta hasta levantarse de la cama, y con una respiración que se vuelve agitada sin razón evidente. Ahí, en ese momento, es cuando conviene prender las luces de alerta, antes de que la infección se instale y los alvéolos pulmonares empiecen a llenarse de líquido o pus.
Yo vine siguiendo el rastro de una nota clínica publicada por el equipo de Weinhouse y lo que encontré fue un mapa de señales que suelen pasar inadvertidas. La fatiga profunda y la respiración acelerada pueden aparecer antes que los síntomas clásicos. También pueden sumarse latidos rápidos, náuseas, falta de apetito y un malestar general que muchos describen como un peso encima del pecho. La tos, que es casi universal, a veces tarda en llegar o queda relegada. Y la fiebre, en algunos casos, ni siquiera aparece.
Cuando la neumonía avanza sin hacer ruido
Si el cuadro avanza, pueden aparecer presión arterial baja, diarrea y cambios en el estado mental. La confusión repentina, la somnolencia excesiva y la desorientación son señales de alarma, sobre todo en mayores de 65 años. Weinhouse, a quien consulté mientras preparaba esta nota, fue muy claro al respecto: "la fatiga y el cansancio pueden aparecer primero y ser profundos", me dijo con ese tono calmo de quien ya vio demasiados cuadros avanzados. Y agregó, mientras señalaba una radiografía en el monitor: "si bien la tos es casi universal, algunas personas no tienen mucha fiebre". En los adultos mayores y en personas con defensas comprometidas, la temperatura corporal puede incluso estar por debajo de lo normal, lo que hace que la ausencia de fiebre no descarte la enfermedad.
Quiénes deben mirar con más atención
- Bebés y niños pequeños, por la inmadurez de sus defensas.
- Adultos mayores, donde la fiebre puede faltar y aparecer confusión.
- Fumadores y personas con enfermedades cardíacas, pulmonares, diabetes, asma.
- Pacientes con cáncer o que reciben tratamientos que bajan las defensas.
Las causas más frecuentes son bacterianas, como el Streptococcus pneumoniae y el Mycoplasma pneumoniae, aunque también pueden provocarla virus de la gripe o del covid-19, y en menor medida hongos. Entre las más temidas están la acumulación de líquido alrededor de los pulmones, el pasaje de bacterias a la sangre, los abscesos pulmonares y la insuficiencia respiratoria, que muchas veces termina en internación.
Antes de despedirse, Weinhouse insistió en algo que me quedó dando vueltas mientras volvía por el pasillo del hospital. Conviene consultar a un médico si la tos persiste varios días y empeora, si aparece dolor en el pecho al hacerlo, si los síntomas vuelven después de una mejoría inicial o si se sostiene una fiebre de 39 grados o más. Y me dejó, como resumen, una frase que vale guardar: "uno tiene que escuchar al cuerpo antes de que la infección golpee la puerta". Yo le creí, y se la traigo a quien esté leyendo esto del otro lado de la pantalla.
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