Azcuénaga, el pueblo de 350 vecinos que se convirtió en destino gastronómico a cien kilómetros de Buenos Aires
Una decena de restaurantes, alojamientos en una fonda de 1903 y un horno a leña de 1917 componen la oferta de un casco histórico que se recorre a pie y conecta con los caminos rurales del norte bonaerense.
Diez restaurantes, casi todos abiertos los fines de semana y con reserva casi obligatoria, sostienen desde hace años la movida de Azcuénaga, una localidad con 350 habitantes enclavada a cien kilómetros al noroeste de la ciudad de Buenos Aires, en el corazón de la provincia de Buenos Aires, lo suficientemente cerca de la capital como para pensar una escapada corta y lo suficientemente lejos como para sentirse en otro ritmo. La vida del pueblo gira, sobre todo, en torno a la mesa y a las construcciones centenarias que quedaron en pie, en muchos casos recicladas por las mismas familias que las habitan desde hace generaciones y que las abrieron al público como restaurantes, panaderías o casas de huéspedes.
Quien piense en llegar hasta Azcuénaga en auto desde el centro porteño debe calcular, según el mapa, poco más de cien kilómetros por la ruta 8 hasta llegar al casco histórico, donde el trazado se cruza con la traza del antiguo ferrocarril y la presencia de la vieja estación sigue marcando la silueta del pueblo, frente a la que aún funciona La Piamonte, un alojamiento que ocupa el edificio de la Fonda de Sforzini de 1903 y que se sumó al circuito turístico del lugar.
Una mesa con identidad propia
La oferta permite elegir entre tres cocinas bien diferenciadas: parrilla, pastas italianas y propuesta francesa, lo que la vuelve llamativa para un pueblo con apenas unas pocas manzanas de extensión, y suficiente como para justificar el viaje desde Buenos Aires. Almacén C&T sirve carnes y picadas en la antigua Casa Terren, una construcción de 1912 que la familia Coarasa recuperó y mantiene abierta en pleno centro, mientras que La Porteña se especializa en pastas y ossobuco con risotto de calabaza, y Lo de Grace ofrece parrilla y pasta libre en una edificación rodeada de campo.
Completan el mapa Cucina de Santo, con pastas y mariscos; Le Four, donde la cocinera Vanesa Plaza sostiene una carta francesa que incluye cordero con ciruelas; y dos propuestas que el material consultado identifica como La Posta y Silvestre. Los domingos, la demanda se concentra y reservar se vuelve imprescindible, mientras que entre semana la alternativa más accesible es el buffet del Club Recreativo Apolo, atendido por Marcelo Santander y Marcela Ronco, que se distingue por sus ravioles caseros y sus milanesas, y que funciona como punto de encuentro estable para los vecinos de Azcuénaga.
- Almacén C&T, en la Casa Terren de 1912 (parrilla y picadas)
- La Porteña (pastas y ossobuco con risotto de calabaza)
- Lo de Grace (parrilla y pasta libre en un edificio rural)
- Cucina de Santo (pastas y mariscos)
- Le Four (cocina francesa, conducción de Vanesa Plaza)
- La Posta y Silvestre, dos paradas adicionales del circuito
- Buffet del Club Recreativo Apolo, atendido por Marcelo Santander y Marcela Ronco (ravioles y milanesas)
Dónde dormir y qué caminar
Para los que prefieren quedarse una noche, la oferta crece a pesar del tamaño chico del pueblo. La Piamonte incorporó habitaciones en el edificio de la Fonda de Sforzini de 1903, frente a la estación ferroviaria, lo que la convierte en el alojamiento más cercano al casco histórico y en una manera directa de dormir dentro de un edificio con más de un siglo de historia. La Magnolia funciona en una casona rural; Rancho Aparte ofrece cabañas con pileta; y El Nido se suma como otra alternativa para alojarse. Algo más lejos, Los Vagones de Areco amplían la oferta para los que buscan un hospedaje distinto, en vagones reciclados y apartados del centro.
El recorrido a pie permite conocer las construcciones antiguas y llegar al campo después de unas pocas manzanas, algo que los propios vecinos remarcan cuando reciben a los visitantes. Por los caminos rurales circulan bicicletas y motos, aunque el estado del piso cambia según el clima: puede haber barro después de una lluvia o terreno seco en los meses de calor, y en los alrededores se observan liebres, vizcachas y lechuzas, fauna que sigue asociada al paisaje rural del norte de la provincia de Buenos Aires.
Entre las paradas obligatorias del pueblo está La Moderna, una panadería fundada en 1917 donde Laura González y sus hijas elaboran galleta de campo en un horno a leña, un oficio que se mantiene como atractivo turístico en sí mismo. A pocos metros se levanta la capilla Nuestra Señora del Rosario, inaugurada en 1907, que Ramona Lescano abre los fines de semana para los visitantes, en un gesto que articula memoria religiosa y patrimonio construido.
La combinación de almuerzo, caminata por el casco histórico y alojamiento permite organizar una visita por el día o quedarse a dormir, lo que vuelve a Azcuénaga una opción versátil para una escapada corta. Vecinos como Marta Aguirre, que atiende un comercio sobre la calle principal, suelen repetir a los turistas lo mismo: que lo mejor es llegar con hambre y con la reserva ya hecha, sobre todo si el viaje cae domingo, porque las mesas se completan rápido y el pueblo no tiene margen para improvisar. La pregunta que queda abierta es por qué el municipio de San Antonio de Areco y la autoridad de aplicación turística de la provincia de Buenos Aires no respondieron, hasta el cierre de esta nota, qué plan de infraestructura prevén para ordenar el crecimiento del alojamiento y la gastronomía en Azcuénaga, en un contexto en el que la demanda crece y los servicios básicos siguen siendo los mismos que hace décadas.
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