A 25 años del 11-S, los aeropuertos que viajamos son otros: qué cambió y qué conviene saber antes de volar
Escáneres corporales, líquidos limitados, zapatos afuera y puertas reforzadas: el legado de los atentados de 2001 sigue definiendo cada control. Una guía para entender de dónde vienen las reglas y anticiparse en la terminal.
Veinticinco años después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, la experiencia de pasar por un aeropuerto en cualquier parte del mundo sigue marcada por lo que ocurrió ese día en Nueva York, Washington y Pensilvania, y por las medidas que se desplegaron en las semanas y los meses siguientes, una arquitectura de controles que se fue ajustando con el tiempo y que hoy forma parte del ritual de cualquier vuelo.
El primer cambio de fondo fue institucional: en noviembre de 2001, apenas dos meses después de los ataques, Estados Unidos creó la Administración de Seguridad del Transporte, conocida por su sigla TSA, que reemplazó a las empresas privadas que hasta entonces se encargaban de los controles en las terminales y pasó a depender del Departamento de Seguridad Nacional, un organismo también creado a partir de aquella jornada, con inspectores federales, normas uniformes y una cadena de mando que antes no existía, y cuyo modelo se replicó, con variantes, en buena parte de los países.
Los dos episodios que completaron el mapa de controles
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A esos cambios de estructura se sumaron dos intentos fallidos de atentado que terminaron de moldear los procedimientos vigentes: el caso del pasajero que llevó explosivos ocultos en el calzado, que derivó en la exigencia de sacar los zapatos para pasar por los escáneres —en varias terminales, solo cuando se trata de calzado voluminoso— y el plan desbaratado en 2006 para detonar explosivos líquidos en vuelos entre el Reino Unido y Estados Unidos, que dio lugar a la conocida regla de los 100 mililitros para líquidos, geles y aerosoles en el equipaje de mano, una restricción que, con diferencias menores, se aplica en la mayor parte del mundo.
- Una bolsa transparente con cierre, de hasta un litro en total.
- Envases individuales de no más de 100 mililitros cada uno.
- Dispositivos electrónicos fuera de la mochila para su escaneo por separado.
- Zapatos fuera, sobre todo cuando son voluminosos o con plataforma.
- Objetos punzantes, tijeras y cortaplumas solo en el equipaje despachado.
En cabina, las modificaciones también fueron profundas: las puertas de la cockpit se reforzaron, se prohíbe el acceso de pasajeros durante el vuelo y las tripulaciones reciben entrenamiento específico para manejar situaciones conflictivas a bordo, un protocolo que antes del 11-S no estaba estandarizado y que hoy forma parte de la formación de cualquier tripulación comercial.
Para los viajeros, la consecuencia más concreta es de tiempo: los controles más exhaustivos alargan el paso por la terminal, y la recomendación general es llegar con al menos tres horas de anticipación a vuelos internacionales y dos a vuelos domésticos, márgenes que en temporada alta conviene estirar porque las filas en los picos de tráfico se estiran y un bolso que no cumple con la regla de los líquidos puede terminar en una bolsa de residuos apenas pasa el arco detector.
Qué cambió en la Argentina y qué respondió la línea de bandera
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En el país, la aplicación de estas normas se canaliza a través de la Policía de Seguridad Aeroportuaria, creada en 2005 y dependiente del Ministerio de Seguridad, que desde entonces se encarga de los controles de pasajeros, equipajes y carga en las terminales nacionales, con criterios alineados con los estándares internacionales de la OACI. Sobre las particularidades del servicio en las terminales locales, se consultó a Aerolíneas Argentinas, pero la empresa no respondió sobre diferencias operativas respecto de otros aeropuertos de la región ni sobre eventuales ajustes en los últimos controles, una zona gris que deja al pasajero con la sensación de que muchas de las reglas se aplican sin que quede claro quién las explica en cada mostrador.
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