Una terraza con cúpula de cristal sobre Junín ofrece la única vista aérea abierta del Cementerio de Recoleta
En el último piso del hotel Urban Suites funciona un mirador vidriado con audioguías en tres idiomas, desayuno o merienda incluida y 57 relatos sobre las figuras enterradas en el predio más visitado de Buenos Aires.
A 57 relatos llega la selección de historias que, desde una terraza vidriada del último piso del hotel Urban Suites, sobre la calle Junín al 1727 —a menos de cien metros de la vereda del Cementerio de Recoleta—, se pueden escuchar mientras se mira el predio desde arriba, algo que casi ningún visitante consigue sin treparse a una escalera o asomarse por una claraboya ajena. La propuesta, que combina audioguías en castellano, inglés y portugués con una gastronomía acotada, transformó en las últimas semanas un atractivo pensado para huéspedes en un punto de visita abierto al público general, con turnos de unos cuarenta minutos que encajan, según la promoción del lugar, como pausa dentro de un recorrido a pie por la zona del Centro Cultural Recoleta y del Museo Nacional de Bellas Artes, a pocas cuadras.
Una plataforma con códigos QR y 57 historias firmadas por un investigador
El funcionamiento del espacio se apoya en una herramienta digital bautizada El Mirador de la Historia, que se activa al apoyar el celular sobre los códigos QR instalados en cada ventanal. Cada código abre un relato breve —diseñado para escucharse en pocos minutos— sobre figuras y mitos asociados al cementerio. Los textos fueron investigados y redactados por el escritor Daniel Naler Roxlo, que reúne en esta selección desde los nombres más conocidos del predio hasta personajes secundarios cuya historia, según la propuesta, permanecía dispersa en archivos y publicaciones antiguas. El visitante puede alternar idiomas y volver sobre los relatos cuantas veces quiera dentro del horario de atención.
- Mirador acristalado en el último piso del hotel Urban Suites, Junín 1727, frente al Cementerio de Recoleta.
- Plataforma El Mirador de la Historia con 57 audioguías en castellano, inglés y portugués, activadas por códigos QR en los ventanales.
- Turnos de visita de alrededor de 40 minutos, abiertos a turistas y visitantes externos, no solo a huéspedes.
- Gastronomía en dos variantes: por la mañana, infusiones con medialunas o churros; al atardecer, copa de vino y mini picada individual.
- Vista adicional del Río de la Plata en días despejados y coordinación con guías locales y circuitos de miradores históricos de la ciudad.
La estructura del lugar —cerrada, con clima controlado y vidrio en los cuatro frentes— permite que el mirador funcione durante todo el año, sin importar la estación ni el clima que azote a la Ciudad de Buenos Aires. Esa continuidad resulta clave en un sitio donde la mayoría de las propuestas al aire libre quedan a merced de la lluvia o del calor porteño. Quienes gestionan el espacio recomiendan, aun así, reservar el turno con anticipación, ya que la capacidad es limitada y la demanda creció desde que la terraza se abrió a público no alojado en el hotel, según admitieron fuentes del establecimiento.
El Cementerio de Recoleta recibe, según cifras que el Ente de Turismo porteño repite en cada temporada alta, a varios miles de visitantes por día, y es raro el recorrido que no termina en alguna foto junto a la bóveda de Eva Perón o en una pausa frente al mausoleo de algún prócer. La novedad es que ahora se lo puede mirar como si fuera un plano en relieve, con sus cúpulas, sus calles internas y sus estatuas distribuidas en la trama que diseñó el ingeniero Pedro Benoit a principios del siglo XIX, sin pisar el predio. Para los vecinos del barrio, en tanto, la terraza abre una nueva manera de mostrarle la ciudad a los turistas que se acercan hasta Junín y Posadas. Marta, residente del barrio hace más de treinta años, resumió el fenómeno a este portal: «Yo al cementerio lo conozco desde adentro y desde la vereda, pero nunca lo había visto así desde arriba. Es otra cosa, parece un mapa vivo».
La oferta gastronómica, conviene aclararlo, está pensada como acompañamiento del recorrido y no como un servicio de restaurante: por la mañana se sirven café con leche, chocolate o té con medialunas o churros, mientras que al atardecer la propuesta se reduce a una copa de vino y una mini picada individual. El precio de la experiencia —que combina el acceso al mirador, las audioguías y el consumo— no figura publicado de manera uniforme en los canales oficiales del hotel, una omisión que, al cierre de esta nota, no había sido respondida por la administración del Urban Suites ni por el Ente de Turismo de la Ciudad, a los que se les consultó por escrito sobre tarifas, capacidad máxima por turno y criterios de reserva. La falta de una tarifa transparente en un atractivo que se promociona como abierto al público se suma a la larga lista de servicios turísticos porteños que crecen rápido pero dejan en manos del visitante la tarea de averiguar cuánto va a pagar antes de subir.
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