Tres viajes a las Malvinas para mostrar la vida cotidiana de los kelpers, en una película que incomoda a los dos lados
El cineasta Pablo Aparo convivió cinco meses con Matt, un isleño que rechaza de plano a la Argentina, y registró escenas que suelen quedar afuera del relato argentino sobre la guerra de 1982. La película pasó por el BAFICI y sigue en salas.
Son las siete de la tarde de un martes de julio y la sala del cine está casi llena. La gente se acomoda despacio, comenta de a voces y, cuando se apagan las luces, queda ese silencio espeso que precede a las películas que incomodan. En la pantalla arranca Los vencedores, el documental que el realizador Pablo Aparo fue a rodar a las islas Malvinas en tres viajes, entre 2020 y 2024, para registrar la vida de los kelpers tal como la viven ellos: sus ceremonias, sus trabajos, su paisaje y, sobre todo, el modo en que conviven con la guerra de 1982, que para casi todos los argentinos termina siendo una herida abierta y, para muchos de los habitantes del archipiélago, es apenas el capítulo más violento de una historia más larga. Yo llegué a la función con la sensación de que ya había visto suficientes documentales sobre el conflicto, pero a la salida la verdad es que me fui con la cabeza ordenada de otra manera, y creo que vale la pena contar por qué.
Antes de subirse al primer avión, Aparo se hizo la pregunta que ordena toda la película: ¿cómo se convive, en la vida de todos los días, con una base militar de gran tamaño instalada a pocos kilómetros? En las Malvinas viven unos 3.500 habitantes civiles, una cifra parecida a la cantidad de soldados que quedan de forma permanente en la base aérea de la zona, y esa paridad numérica es la que motivó al director, porteño de 40 años, a pedir los permisos de filmación ante la Administración de Malvinas y a armar las valijas.
Tres viajes, diez días y luego cinco meses en una granja
El primer viaje fue en 2020 y duró apenas diez días, más una pandemia de por medio que complicó cada movimiento. Los otros dos, en 2023 y 2024, se extendieron hasta sumar cinco meses en total dentro del archipiélago. Aparo cuenta que la recepción fue despareja: hubo kelpers que colaboraron con gusto, otros que le pidieron que guardara la cámara y unos cuantos que directamente le bloquearon el acceso a determinados lugares. Con todo, el eje narrativo terminó siendo su convivencia con Matt, un terradeniente local dueño de una estancia grande enclavada en medio de las montañas y conocido por expresar sin rodeos su rechazo hacia la Argentina. Matt fue el único que aceptó la solicitud de filmación y, esa misma tarde, el director ya estaba durmiendo en su granja. La relación entre los dos sostiene la película casi de principio a fin, con sus silencios, sus desencuentros y, sobre el final, alguna forma de entendimiento que el espectador tiene que reconstruir solo.
Uno de los momentos de mayor tensión ocurre cuando Aparo y Matt visitan juntos el Salón de la Pradera del Ganso, el sitio donde el Ejército argentino mantuvo encerrados a los isleños, Matt y su familia incluidos, durante varias semanas en mayo de 1982. La sola presencia de un argentino provocó que varios asistentes se levantaran y abandonaran el lugar, y la cámara registra el clima denso que se genera en esos minutos. Es una escena incómoda para cualquiera que la mire desde Buenos Aires, porque muestra un costado del conflicto que en la Argentina se conoce mucho menos: el de los civiles que fueron reubicados por la fuerza dentro de su propio territorio, mientras el país los imaginaba solamente como antagonistas.
Lo que vio Aparo y rara vez se cuenta del lado argentino
- Galpones que los isleños abrieron después del cese del fuego y donde aparecieron donaciones de ropa de invierno y alimentos enviados desde el continente para los soldados argentinos, que habían pasado frío sin recibirlos.
- Cartas que soldados argentinos escribieron a los propios kelpers, redactadas en un inglés elemental, pidiendo comida o abrigo, y que el documental rescata como documento.
- Testimonios isleños sobre la rutina posterior a la guerra, incluida la ceremonia anual del Día de la Liberación, el 14 de junio, fecha que en la Argentina no figura en los manuales escolares.
Los vencedores se estrenó en el BAFICI, donde ganó dos premios, y después tuvo funciones en el Malba. En estos días puede verse en salas de la Ciudad de Buenos Aires, La Plata, Rosario y Córdoba, aunque la programación cambia semana a semana, así que conviene chequear la cartelera antes de sacar la entrada. La película no toma partido por ninguno de los dos lados y, en parte por eso, molesta a los dos: a algunos les resultará demasiado empática con los kelpers y a otros, demasiado crítica con la versión argentina del conflicto. A mí, que llegué con el manual de escuela todavía pegado en la memoria, me dejó pensando varios días en cosas que no había escuchado nunca, y eso, para un documental, ya es bastante.
Le pregunté a Aparo, antes de que arrancara la proyección, si cambiaría algo en la imagen que tenemos de las Malvinas ver la historia desde la perspectiva de quienes viven allí. Me respondió sin apurarse, como si la pregunta lo hubiera acompañado durante los cinco meses de rodaje: la película existe justamente para que cada uno saque sus propias conclusiones, y lo único que pidió fue que el público la mire sin muletas previas, ni las del relato escolar ni las del relato inglés. Es un pedido razonable, y tal vez la mejor forma de sentarse en la butaca y dejar que Los vencedores haga el trabajo.
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