Suplementos de longevidad: lo que la ciencia sostiene y lo que el marketing exagera
Las cápsulas con precursores de NAD+ y nutrientes como selenio, vitamina D y omega-3 prometen más años de vida, pero los ensayos clínicos en humanos no avalan esas promesas. Mientras tanto, el cuerpo médico recuerda qué es lo que sí tiene evidencia robusta.
Son las nueve de la mañana y el consultorio todavía huele a café reciente cuando me siento a charlar con Marcela, una médica especialista en nutrición que vive en Lanús y que hace casi veinte años atiende pacientes inquietos por envejecer mejor. Llegué hasta acá empujado por una pregunta que aparece cada vez más seguido en los mensajes que recibo a la redacción: si el frasco que llega por correo desde el exterior, con etiquetas que prometen alargar la vida, sirve para algo o si estamos frente a una nueva versión de la alquimia. Marcela me mira con la calma de quien ya escuchó esta consulta muchas veces y me dice, antes de que arranque a grabar, que lo más importante es empezar por ahí, por entender qué dice hoy la ciencia y qué dice el marketing.
La movida más reciente del mercado global de suplementos gira en torno a una molécula llamada NAD+, una coenzima que está en todas las células del organismo, que es clave para producir energía y para reparar el ADN. Con los años, sus niveles bajan, y en experimentos de laboratorio con células y con animales, restituir esa molécula mejoró algunos indicadores metabólicos. De ahí salieron a la venta compuestos como NMN y nicotinamida ribósido, que se ofrecen como una suerte de inversión en longevidad.
Lo que muestran los ensayos en humanos
El problema, me explica Marcela mientras revisa unos papers en la pantalla de la computadora, es el salto enorme que hay entre lo que se observa en una placa de cultivo y lo que se promociona en una góndola. En personas, los estudios confirman que esos precursores efectivamente elevan los NAD+ en sangre. Lo que todavía no hay es evidencia clínica suficiente de que ese aumento se traduzca en menos enfermedades, en una mejor función orgánica o en más años de vida. Que una cifra suba en un análisis, repite, no equivale a vivir más.
Vitaminas y minerales: cuándo sí y cuándo no
La misma lógica corre para vitaminas y minerales clásicos. El estudio SELECT, con más de 35.000 participantes, mostró que el selenio no previno el cáncer de próstata y que, peor aún, quienes recibieron vitamina E tuvieron mayor riesgo de desarrollarla durante el seguimiento. El ensayo VITAL, con cerca de 25.000 personas, no encontró que la vitamina D ni el omega-3 redujeran el cáncer ni los eventos cardiovasculares en gente sin déficit previo.
- Cuando hay carencia comprobada, corregirla tiene impacto real en la calidad de vida.
- Las deficiencias de vitamina B12 y de vitamina D son frecuentes en personas mayores y suelen responder bien al tratamiento.
- La clave es medir primero y suplementar después, no automedicarse a ciegas.
Esos matices me los aclara Marcela cuando le pregunto por qué entonces algunos médicos igual recetan estos productos. No son inútiles, me dice, pero su lugar es otro del que el consumidor imagina. La industria, lamenta, suele apoyarse en los primeros dos escalones de la investigación, lo que pasa en una célula y lo que se ve en animales, y lo presenta como si ya hubiera pasado el tercero, que es el ensayo clínico con miles de personas. Un hallazgo real pero acotado se convierte en una promesa que nadie demostró en la consulta.
Qué sí tiene evidencia
Lo que sí cuenta con respaldo sólido, me cuenta Marcela mientras cierra la laptop y se acomoda para la foto, es bastante menos glamoroso y bastante más barato: actividad física regular que incluya ejercicios de fuerza, alimentación equilibrada con proteínas suficientes, buen descanso, no fumar y vínculos sociales activos. Eso, dice, no viene en cápsulas. Antes de despedirnos, me regala una frase que me llevo puesta: envejecer bien no se compra en una botella, se construye todos los días con lo que uno hace y con lo que uno come.
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