Maestra, madre de siete: la historia de María Laura, que adoptó a seis hermanos y dio a luz al séptimo en pleno proceso de guarda
Conoció a los chicos en el aula, se convirtió en su referente afectiva y, después de años de trámites, hoy cría a los siete en una casa del conurbano. Una historia de vínculos, paciencia y familia numerosa.
Son las diez de la mañana y en la casa de María Laura, en el conurbano bonaerense, ya se escuchan los primeros ruidos del día: el agua de la pava, los pasos de Nahitan que todavía no camina del todo firme y la charla cruzada de los más grandes, que se aprestan para entrar a la escuela técnica. En la cocina, mientras prepara el mate, María Laura repasa por teléfono la agenda de turnos médicos y de reuniones escolares, como cualquier madre de familia numerosa, aunque su familia, claro, tiene una historia muy particular: ella arrancó siendo maestra de dos de los chicos, terminó postulándose para adoptar a los seis hermanos que vivían institucionalizados desde hacía cinco años y, cuando estaba a punto de obtener la guarda, descubrió que estaba embarazada. Así fue como pasó de ser una pareja sin hijos a tener siete, de 1 a 20 años, en cuestión de meses.
Del aula al vínculo: cómo arrancó todo
María Laura tiene hoy 43 años y es maestra. Cuando arrancó esta historia tenía 38 y daba clase en una escuela a la que iban dos de los seis hermanos. Por esos días, ella colaboraba además como voluntaria en el hogar donde vivían los seis desde hacía cinco años. La idea de acompañarlos fuera de la escuela fue creciendo de a poco, al principio como algo casi íntimo, casi sin nombrarlo: visitarlos, llevarles algo, quedarse un rato más. “Al principio me parecía algo inalcanzable”, cuenta ella desde Tortuguitas, mientras Nahitan gatea por el living. “Vivía en un departamento chico, sola con mi pareja, y la posibilidad de hacerme cargo de seis chicos al mismo tiempo generaba dudas también en él, que en ese momento temía no poder sostener la responsabilidad desde lo económico”. La pareja terminó separándose por un tiempo y María Laura arrancó los trámites sola, decidida a presentarse igual, aun cuando varios le decían que era una locura.
El proceso de vinculación fue largo y respetuoso, nada apurado. Los chicos, sobre todo los más grandes, tampoco estaban convencidos de querer ser adoptados. María Laura, del mismo modo, no se sentía lista para dar un paso definitivo. Lo que funcionó para todos fue un término intermedio: la figura de referente afectivo, una especie de presencia estable sin papeles de por medio. “Cuando me preguntaron si me interesaba por uno, por los gemelos o por los mellizos, la respuesta fue clarísima: ‘Quiero estar con los seis’”, recuerda, y se ríe, como si todavía le sorprendiera haberlo dicho con tanta seguridad. Los hermanos, mientras tanto, habían construido entre ellos un bloque muy sólido durante los años dentro del sistema. La mayor, Daiana, los había cuidado a todos como si fuera la segunda mamá, y entregarle ese lugar a otra persona le llevó un proceso propio, larguísimo, que María Laura describe con mucho cuidado: “La más grande tenía que cederme el derecho a cuidarlos. Fue un desafío que ella tuvo que afrontar: dejarme el cuidado de los chicos a mí, de a poco, sin que sintiera que yo venía a ocupar el lugar que ella había sostenido durante tanto tiempo”.
El recreo que lo cambió todo
El punto de inflexión llegó en un recreo, en la escuela, sin que nadie lo planeara. Algunos de los chicos se acercaron a María Laura y le dijeron, mirándola a los ojos, una frase que ella repite de memoria porque la lleva tatuada en algún lugar de la cabeza: “Te elegimos para ser nuestra mamá”. A partir de ahí, los trámites se reorientaron hacia la convivencia, hacia el día a día compartido, hacia el aprendizaje de convivir bajo el mismo techo. “Yo llegué a la escuela como un día más, con mi carpeta, y me fui con la decisión de mi vida”, dice. Y desde ese recreo, todo se aceleró: la guarda fue avanzando, los chicos empezaron a pasar cada vez más tiempo en la casa de ella, y la familia empezó a armarse, todavía sin nombre, pero con forma.
- Daniel y Milo (13), los gemelos, y Maiara y Lionel (16), los mellizos, cursan en una escuela técnica del conurbano.
- Zaira (18) está en el último año del secundario y piensa en qué estudiar el año próximo.
- Daiana (20), la mayor, estudia Abogacía y sigue siendo, según cuenta María Laura, una suerte de segunda mamá dentro de la casa.
- Nahitan, de poco más de un año, es el bebé que llegó después de la adopción: uno de los gemelos le besó la panza a María Laura antes de que ella supiera que estaba embarazada, le dijo ‘hola, bebé’, y así fue como se enteró de que estaba esperando.
La pareja, que se había tomado un tiempo separada, también fue volviendo de a poco y hoy ocupa el rol de padre en la familia. Los hermanos mayores, además, cuidan a Nahitan con una devoción que a María Laura todavía la emociona: “Lo cargan, le hablan, le cantan, lo duermen. Es una red de cuidados hermosa, yo no estoy sola con esto, ellos se acompañan entre sí y lo acompañan a él”. María Laura participa, además, de la Asociación Civil Adopten Niñes Grandes, una organización que nuclea a familias que adoptaron o están en proceso de adoptar a chicos de más de seis años, precisamente para visibilizar que la adopción de niños grandes también es una adopción posible, con sus tiempos y sus dolores. “Son el amor de mi vida. Es la familia que siempre esperé, siempre quise una familia grande y hoy la tengo unida, y por eso peleo todos los días para que más familias se animen, porque hay muchos chicos esperando que alguien los elija”, cierra María Laura, con Nahitan en brazos y mate en mano, en esa casa del conurbano que, de a poco, dejó de ser un departamento y se convirtió en un hogar.
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