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SÁB, 17 OCT 2026
Vida

El síndrome del pilar ajeno: cuando darlo todo deja a los 60 sin red propia

La psicología clínica advierte sobre un perfil paradójico: personas competentes, queridas y siempre disponibles que, al llegar a la madurez, descubren que sus vínculos fueron sobre todo funcionales y que la reciprocidad nunca terminó de instalarse.

LM
Lucía MamaníSociedad y derechos · · lectura 4 min
El síndrome del pilar ajeno: cuando darlo todo deja a los 60 sin red propia

Son las siete de la tarde de un martes cualquiera y el teléfono de Marta, en Morón, suena por tercera vez en menos de una hora. Del otro lado, una sobrina necesita un consejo laboral, una amiga le pide que la acompañe a un turno médico y un vecino le consulta si le puede cuidar el gato el fin de semana. Marta atiende las tres llamadas con la misma predisposición de siempre, como si la energía le brotara de un pozo inagotable. Tiene 59 años, dos hijos ya grandes que viven lejos, un exmarido con quien apenas cruza palabras cordiales y, sin embargo, nadie la llama a ella para preguntarle cómo está. Esa asimetría, que ella misma repite y reproduce desde hace décadas, es exactamente el patrón que la psicología clínica empieza a mirar con atención cuando se cruza con personas que llegan a los sesenta sintiéndose, por primera vez, estructuralmente solas.

Me crucé con el tema hace unos días, mientras preparaba una nota sobre envejecimiento y salud mental, y me topé con un concepto que los especialistas vienen discutiendo con cada vez más fuerza: el del cuidador crónico, esa persona que construyó su identidad entera alrededor de la fortaleza y de la disponibilidad permanente. La idea es simple y, a la vez, demoledora: quien ocupa ese lugar escucha, aconseja, media y resuelve, pero rara vez recibe la misma contención de vuelta. Con el paso del tiempo, el entorno va incorporando esa asimetría como si fuera un dato de la naturaleza, y la persona fuerte deja de ser vista como alguien con necesidades propias para quedar reducida a un recurso siempre listo para ser usado.

Cuando la función se acaba, la red se deshilacha

Lo más revelador de este fenómeno es que suele hacerse visible recién cuando algo cambia. Una salida del mercado laboral, una separación, un duelo o cualquier crisis propia deja al descubierto que muchos de esos vínculos dependían, en realidad, de la utilidad funcional que la persona aportaba: el acceso a determinada experiencia, a contactos, a la capacidad de gestión de trámites o de conflictos. Cuando esa utilidad se cae, la red se adelgaza con una velocidad que sorprende hasta al propio interesado. Investigaciones sobre dinámica de grupos humanos, entre ellas las realizadas en el MIT, confirman que los lazos construidos casi exclusivamente sobre la función colapsan cuando el contexto se modifica, mientras que los basados en la reciprocidad son los que efectivamente sobreviven a esas transiciones.

“Uno puede pasar años siendo el que sabe, el que puede, el que siempre tiene una solución a mano, y de golpe descubrir que del otro lado no había un amigo sino un usuario. Es un golpe durísimo, porque te obliga a revisar toda tu biografía.”Marta, 59 años, Morón

Por qué pedir ayuda se vuelve una tarea casi imposible

Hay un segundo obstáculo, más silencioso pero igual de decisivo, y es la enorme dificultad para pedir auxilio. Quienes ejercieron durante años el rol de cuidadores asocian esa práctica con una amenaza directa a su propia autoestima, como si mostrar vulnerabilidad fuera una especie de confesión de debilidad incompatible con la imagen que construyeron. Esa incomodidad los lleva a enfrentar sus propias crisis en soledad, incluso rodeados de gente, y los convierte en pacientes reticentes a la hora de pedir un turno, de aceptar una invitación o de simplemente decir que no la están pasando bien. La psicóloga clínica advierte que esta dificultad suele acentuarse con la menopausia, con las jubilaciones y con los cambios de etapa vitales, que son justamente los momentos en los que la red social se reorganiza y en los que más rápido se evaporan los vínculos que nunca tuvieron reciprocidad.

La salida que propone la psicología no implica dejar de cuidar a otros, algo que además sería absurdo y poco realista, sino habilitar de manera consciente la reciprocidad. Se trata, en la práctica, de dos movimientos muy concretos: comunicar lo que uno necesita sin dar por sentado que el otro lo va a advertir, y revisar con ojo crítico qué relaciones se mantienen únicamente mientras uno siga siendo útil. Cuanto antes se trabaje sobre ese patrón, más tiempo queda para construir vínculos de intercambio genuino antes de que la jubilación, las mudanzas o los cambios de etapa terminen de reorganizar la red social. Y a Marta, que hace décadas que vive del otro lado del mostrador emocional, todavía le cuesta imaginarse pidiéndole a alguien que le alcance un vaso de agua cuando está cansada. Pero ya empezó, me dice antes de cortar, a practicar el gesto más revolucionario que conoce: aceptar un llamado que no sea para pedirle algo, sino para preguntarle cómo está.

Una frase para volver a leer

Antes de despedirnos, Marta se queda unos segundos en silencio y después suelta, con esa mezcla de pudor y firmeza que tienen las personas que aprendieron a sostenerse solas: "Durante toda la vida me enseñaron a ser la fuerte, y ahora estoy aprendiendo que ser fuerte también es dejarse cuidar". Esa es, quizás, la línea más justa para entender de qué se trata este fenómeno: no de dejar de dar, sino de permitirse, por fin, recibir.

LM
Lucía MamaníSociedad y derechos

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