Cuando la vista, el cuerpo o las creencias se alteran: las pistas que justifican una consulta médica
Alucinaciones, delirios o percepciones distorsionadas no son, por sí solas, un diagnóstico. Especialistas detallan qué experiencias conviene poner en manos de un profesional y por qué la evaluación clínica marca la diferencia entre un cuadro neurológico, psiquiátrico o de otra raíz.
Son las ocho de la mañana y el consultorio todavía huele a café recién colado cuando Gabriela, desde Lanús, me cuenta por qué decidió golpear la puerta de un especialista. Hace meses ve sombras que se mueven por el living cuando en la casa no hay nadie. No le tenían miedo, aclara, pero le ganaron la intriga y el cansancio. «Pensé que me estaba volviendo loca», dice, y esa frase, repetida por miles de pacientes en distintos puntos del conurbano bonaerense, resume mejor que cualquier manual la razón por la que vale la pena sentarse a distinguir qué experiencias justifican una consulta y cuáles forman parte de un cuadro que necesita atención específica.
El primer punto que los profesionales consultados es que ninguna percepción aislada alcanza para definir un diagnóstico. Ver imágenes que otros no perciben, notar que los objetos cambian de tamaño o sostener creencias firmes que afectan la vida cotidiana pueden tener orígenes muy distintos: desde un déficit visual hasta una migraña, una infección o un cuadro psiquiátrico. Por eso, remarcan, la evaluación siempre contempla los antecedentes, el contexto y otras manifestaciones antes de cerrar una etiqueta.
Tres experiencias que suelen confundirse
- Distorsión: modifica la percepción de algo que existe, por ejemplo sentir que una habitación cambió de tamaño.
- Alucinación: supone percibir algo sin un estímulo externo que lo produzca.
- Delirio: es una creencia fija que se mantiene pese a las pruebas en contrario.
Lejos de lo que muchos creen, ver figuras que nadie más ve no indica, por sí solo, una enfermedad psiquiátrica. En el síndrome de Charles Bonnet, personas con pérdida importante de visión pueden percibir imágenes complejas y, al mismo tiempo, reconocer que no son reales. Los protocolos actuales contemplan exámenes neurológicos y cognitivos y, en presentaciones atípicas, estudios de neuroimagen para descartar otras causas antes de avanzar con cualquier hipótesis.
Algo similar ocurre con las alteraciones del tamaño aparente del cuerpo o del entorno. El llamado síndrome de Alicia en el País de las Maravillas puede modificar la percepción visual, corporal y temporal. Una revisión de 169 casos publicada en los últimos años encontró que la migraña era la causa más frecuente en adultos, mientras que en menores de 18 años predominaban las encefalitis. La cifra, que suelen repetir los equipos de neurología, recuerda que la edad y los antecedentes pesan tanto como el síntoma en sí.
Creencias que comprometen la vida cotidiana
Otro capítulo sensible es el de las creencias sobre uno mismo o los demás. Pueden ir desde la convicción de no existir o de haberse transformado en un animal hasta la idea de que una persona cercana fue reemplazada por un impostor, un cuadro conocido como síndrome de Capgras. Los especialistas insisten en que estas experiencias requieren atención profesional y no deben interpretarse como conductas voluntarias: para el paciente resultan tan reales como cualquier otra percepción.
El mismo criterio se aplica a los celos delirantes, que no equivalen a los desacuerdos habituales de pareja. Y también a la sensación de tener organismos sobre la piel o debajo de ella: antes de pensar en un diagnóstico psiquiátrico primario, la evaluación debe descartar una infestación real y otras causas médicas, entre ellas déficits vitamínicos, trastornos tiroideos, infecciones y consumo de sustancias. El tratamiento, coinciden los profesionales, depende de lo que el cuadro clínico vaya develando en cada paso.
Antes de cerrar la entrevista, Gabriela me mira con una mezcla de alivio y cautela. Dice que todavía ve sombras, pero que ahora sabe que tiene un nombre provisorio y un recorrido posible. «No tenía por qué haber esperado tanto», reconoce, y la frase me queda dando vueltas mientras abandono el consultorio: porque, en temas de percepción, la consulta temprana no es un capricho, sino la manera más concreta de evitar que un síntoma se convierta en un problema mucho más grande.
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