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VIE, 16 OCT 2026
Vida

Cinco pueblos del mundo donde la vida se estira: qué hacen distinto y por qué importa acá

Un cardiólogo argentino pasó revista por Loma Linda, Costa Rica, Icaria, Cerdeña y Okinawa, las cinco comunidades con mayor expectativa de vida del planeta, y se detuvo en lo que todas comparten: fe, movimiento, comida de la tierra y un propósito que ordene el día. Lo que se lleva de allí a una rutina de clase media en Buenos Aires o en cualquier ciudad argentina.

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Lucía MamaníSociedad y derechos · · lectura 4 min
Cinco pueblos del mundo donde la vida se estira: qué hacen distinto y por qué importa acá

Llegué a la consulta un martes a las siete de la tarde, con esa luz de invierno que ya no termina de irse, y Jorge Tartaglione me recibió con la guardia baja pero la palabra lista. Es un cardiólogo de los que hablan mirando a los ojos, de los que creen que la longevidad es una conversación que hay que empezar a los cincuenta, no a los setenta. Lo que me soltó en la primera media hora me dejó pensando varios días: apenas un 25 por ciento de cuánto vivimos lo la genética. El resto, el 75 por ciento, lo definimos nosotros, con lo que hacemos cada mañana y cada noche. Cinco años multiplicado por tres décadas. Ese número es el que mueve todo lo que sigue.

Las cinco zonas del mundo donde la gente corre más años

  • Loma Linda, California: una comunidad religiosa adventista en la que la fe, el descanso semanal y una vida ordenada explican una diferencia de hasta diez años respecto del promedio estadounidense.
  • Región central de Costa Rica, conocida como la Península de Nicoya: dieta de frutas tropicales, agua de calidad y un ritmo pausado llevan a sus habitantes a cruzar los 80 con frecuencia.
  • Icaria, Grecia: una isla donde la geografía no da tregua, con subidas y bajadas pronunciadas que obligan a caminar de manera constante, como si el cuerpo fuera un reloj.
  • Cerdeña, Italia: una zona rural del interior donde se come lo que da la tierra, sin envasar ni procesar, y donde los ultraprocesados son un invento lejano.
  • Okinawa, Japón: el archipiélago donde los mayores de 90 años se levantan con un plan, por chico que sea, y lo cumplen hasta que el cuerpo les dice basta.

Las cuatro claves que aparecen una y otra vez

Lo más interesante no es cada lugar por separado, sino lo que se repite de un punto al otro del mapa, como una música de fondo que aparece en distintas melodías. Tartaglione las fue desgranando una por una y yo las anote como pude, con esa taquigrafía de periodista viejo que todavía escribe en una carpeta. La primera es el movimiento metido en la vida cotidiana, no en un gym. En Icaria no hay rutinas aeróbicas con música funcional: hay calles que suben, vecinos a los que hay que visitar a pie y mandados que obligan a moverse. La segunda es la alimentación natural, la que Tartaglione resumió con una fórmula que se va a quedar conmigo un buen tiempo: "lo que sale de la tierra, lo que le da el sol, lo que se pudre". Traducido, quiere decir fruta, verdura, legumbres y poco paquete. La tercera es la vida social activa, los vínculos que se cuidan y se sostienen. Y la cuarta, la que más me costó al principio, es el propósito diario, la idea de tener un motivo para levantarse.

“En Okinawa no significa que tenés que hacer algo enorme. Sino tomarte un mate con una amiga, salir a caminar, salir a pasar el perro. Pero todos los días se levantan con una visión, se levantan con ganas de hacer algo. Hay gente de 90 años que se levanta a bailar, cantar o tocar música.”Jorge Tartaglione, cardiólogo

Qué se puede copiar acá, con los pies en Buenos Aires

Una de las cosas que más me gusto de la charla es que Tartaglione no se enloquece con el dato de la Okinawa de los 100 años ni propone mudarse a Cerdeña. Dice, con un tono que mezcla el humor y la consigna, que a los 55 o 56 años un adulto argentino tiene todavía 20 o 25 años por delante sin enfermedad, si elige algunos hábitos. Caminar 30 minutos por día, comer lo más parecido a lo que sale de la tierra, mantener vivos los afectos y buscar una pequeña razón para pararse cada mañana. Lo dijo Marta, una paciente de 71 años que pasó por la sala de espera mientras yo tomaba notas, y que se cruzó al oirme: "Yo hace tres años que perdí a mi marido y lo único que me levantaba era ir a buscar a mi nieto al colegio. Esas son mis ganas de vivir, y no me avergüenzo". Me despedí del doctor en la puerta de la clínica, todavía con la carpeta abierta, pensando que en esa frase de Marta estaba, sin saberlo, toda la sabiduría de Okinawa.

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Lucía MamaníSociedad y derechos

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