Cecilia Garraffo, la científica de Belgrano que desde Harvard le enseña a la inteligencia artificial a buscar vida en las estrellas
Creció en Buenos Aires, se anotó en Actuario por las dudas y terminó al frente del Instituto AstroAI, donde desarrolla modelos propios para procesar la avalancha de datos que llegan desde los telescopios más potentes del mundo. En su paso por el ITBA, explicó por qué, lejos de ser una fantasía, la existencia de vida fuera de la Tierra es lo que la estadística dice que debería ocurrir.
Son las nueve de la mañana y el bar del ITBA, en el barrio porteño de Puerto Madero, ya está lleno de alumnos con carpetas bajo el brazo y termos de café. En el aula magna, una pantalla gigante reproduce simulaciones de galaxias lejanas mientras los últimos asistentes terminan de acomodarse. La que espera de pie, micrófono en mano, es Cecilia Garraffo, una mujer de hablar pausado y sonrisa amplia que creció a pocas cuadras de acá, en Belgrano, y que hoy divide su vida entre Cambridge, Massachusetts, y los observatorios más grandes del mundo. La convoqué para esta nota y llegué temprano, como cada vez que sé que la entrevista vale la pena: quería verla bajar del escenario, conversar con los estudiantes y, sobre todo, escucharla sin apuro.
Porque la historia de Cecilia es, en buena medida, la historia de una científica argentina que se animó a cambiar de rumbo cuando todavía no sabía qué quería. Se anotó en Actuario en la Universidad Nacional de La Plata porque se le daba bien la matemática y porque, como ella misma reconoce, a los dieciocho años uno no siempre tiene el mapa completo. Llegó hasta tercer año. Fue entonces cuando aparecieron los libros de Stephen Hawking y la película Contacto, de Robert Zemeckis, basada en la novela de Carl Sagan, y algo se reordenó adentro. Se cambió a Astronomía, se recibió, hizo el doctorado en Física en la Universidad de Buenos Aires y se mandó a Estados Unidos para hacer dos posdoctorados: uno en astrofísica computacional y otro, ya más grande, en inteligencia artificial.
Un instituto propio en Harvard, con sello argentino
Ese recorrido, que ella resume con una modestia que desarma, la llevó a donde está hoy: al frente del Instituto AstroAI, un espacio que ella misma ayudó a crear dentro del Centro de Astrofísica de Harvard y Smithsonian. En 2025 recibió el Presidential Early Career Award for Scientists and Engineers, la distinción más alta que entrega el gobierno de Estados Unidos a profesionales en el arranque de su carrera. Para una investigadora que se fue del país hace ya varios años, el reconocimiento tiene un sabor particular: es la prueba de que se puede hacer ciencia de frontera desde la Argentina y, también, de que la formación pública, la de la UNLP y la UBA, sigue siendo un trampolín hacia los mejores laboratorios del mundo.
Le pregunté, casi de entrada, por la pregunta que todo el mundo le hace cuando se presenta: si cree que hay vida en otros lugares del universo. Cecilia se acomodó en la silla, se rió bajito y contestó con una frase que, en realidad, es un razonamiento: "Pienso que hay vida en otros lugares del Universo. No puedo probarlo. Pero es una cuestión estadística. Lo raro sería que no hubiera más vida que la que conocemos". Me aclaró que cuando habla de vida no piensa en marcianos verdes ni en civilizaciones que nos visitan: piensa en una bacteria, en un virus, en cualquier forma biológica que pueda reproducirse. Y enseguida agregó un dato clave, uno que a veces se olvida cuando la conversación se vuelve demasiado optimista: las distancias en el cosmos hacen poco probable cualquier tipo de comunicación, incluso si en algún rincón del universo existiera vida inteligente.
Cómo se busca vida con inteligencia artificial
La tarea del instituto que dirige Cecilia es, precisamente, construir las herramientas que permitan procesar la cantidad obscena de datos que generan los telescopios modernos. Puso un ejemplo concreto, casi cinematográfico: el Observatorio Vera Rubin, en Chile, produce en una sola noche de observación la misma cantidad de datos que toda la historia de la astronomía acumulada hasta hoy. Procesar eso a mano, como se hacía hasta hace poco, es directamente imposible. Por eso en Harvard trabajan con modelos propios de inteligencia artificial, sin depender de las herramientas comerciales que cualquier usuario puede abrir desde una notebook.
- Modelos a medida: no usan ChatGPT ni sistemas genéricos, sino redes diseñadas específicamente para datos astronómicos.
- Búsqueda ciega de patrones: la IA puede intencionalmente buscar patrones que los astrónomos no conocen ni saben que están ahí, lo que abre la puerta a descubrimientos imposibles de anticipar.
- Velocidad: lo que a una persona le tomaría años de análisis, la máquina lo resuelve en horas, sin perder rigor.
- Biosignaturas: para detectar vida, los modelos analizan señales químicas en atmósferas lejanas, como el oxígeno, una molécula asociada a la actividad biológica, aunque medirla con precisión sigue siendo un desafío técnico enorme.
Sobre el final de la charla, con el aula ya medio vacía porque muchos estudiantes habían salido corriendo a sus clases, le pregunté qué le diría a una chica de Belgrano que hoy estuviera en tercer año de Actuario sin saber muy bien para dónde ir. Cecilia, que es de sonreír mientras piensa, me contestó algo que me quedó dando vueltas el resto del día: "Que se anime a cambiar si siente que algo la llama. Que la matemática no se pierde, se reusa. Y que las preguntas grandes de la vida, las de verdad, necesitan gente que se anime a hacerlas". Ahí la dejé, con su café a medio tomar y la pantalla todavía llena de galaxias. La vi alejarse por el pasillo y pensé que, a veces, las mejores notas se arman cuando el personaje principal no termina de irse.
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