Vuelve Sorkin al universo Zuckerberg y vuelve a tropezar con la silla del director
La secuela de "La red social" confirma lo que sus películas anteriores venían avisando: cuando Aaron Sorkin se dirige a sí mismo, el guión pierde aire y la pantalla se queda sin ritmo.
Les confieso algo antes de meternos en tema: nunca terminé de entender por qué un guionista del tamaño de Aaron Sorkin insiste con sentarse en la silla de director. Es una pregunta que me hago cada vez que se estrena un film suyo detrás de cámara, y que volvió a golpearme la puerta después de ver "El precio de la red", la película que llega como continuación de "La red social" y que reúne otra vez al cineasta con el universo Mark Zuckerberg, las redes sociales y el ruido de los titulares.
El guión, claro, lleva la firma de siempre: dialãctica afilada, personajes que parecen acabados en papel, una arquitectura de palabras que en página late. Lo que pasa es que, en la pantalla, esa arquitectura se desinfla. Hay secuencias enteras donde parece que la polémica importa más que lo que se está viendo, y los parlamentos extensos se estiran no porque la historia lo pida, sino porque al autor le suenan bien en voz alta.
Un borrador del problema de siempre
El dato no es nuevo y la crítica especializada lo viene marcándolo desde hace rato. "Molly's Game" fue recibida con cierta benevolencia, pero sus trabajos siguientes confirmaron que los mejores resultados del libretista llegaron cuando otros directores los pusieron en escena: David Fincher en "La red social", Danny Boyle en "Steve Jobs", Rob Reiner en "Algunos hombres buenos". Todos ellos supieron contener y redirigir los excesos del texto. Sin esa tensión externa, las películas muestran lo que ocurre cuando el guionista tiene control total.
- Soliloquios extensos que avanzan la trama a paso de tortuga y terminan gastando al espectador.
- Escenas de interiores con problemas de iluminación notorios, llamativo si se tiene en cuenta que el director de fotografía es el mismo de "La red social".
- Un montaje sin urgencia ni imágenes que trasciendan lo funcional.
- Una tendencia al idealismo que, sin un realizador externo que discipline, pesa sobre el resultado final.
“Sorkin es, según esa línea, un guardia de tráfico con los brazos caídos mientras los autos derrapan y atropellan todo.”Bill Burr, en uno de los tráilers de la película
Esa frase, que el personaje que interpreta el comediante y actor estadounidense Bill Burr suelta casi al pasar, funciona como una declaración de principios involuntaria: el propio filme se hace eco de la lectura que llevábamos haciendo afuera los críticos desde hacía un rato. Hay algo de autocrítica mal canalizada, como si Sorkin quisiera exorcizar el comentario incluyéndolo en el guión en lugar de resolverlo detrás de cámara. El eco de "The Newsroom" y de aquel proyecto sobre el 6 de enero que el autor lleva años intentando levantar sin suerte se siente en cada plano, como si la película quisiera ser varias películas a la vez y no terminara de ser ninguna.
Ahora bien, la pregunta del título me sigue dando vueltas, y me gustaría dejárselas a ustedes, que son los que terminan pagando la entrada: ¿coincidís con la lectura de que Sorkin funciona mejor cuando otro dirige sus guiones, o creés que hay algo valioso en ese control total sobre el material? Por mi parte, mientras debate, me quedo esperando la próxima fecha de estreno en las salas argentinas y, sobre todo, la próxima película que le escriba a otro director. Que suele ser, dicho sea de paso, la mejor versión de este señor.
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