Saltar al contenido
Matriarcado NoticiasMatriarcado Noticias
⌕ Buscar
Dólar oficial $1.535,00 0,00%Dólar blue $1.555,00 +0,32%Dólar MEP $1.542,50 +0,18%Riesgo país 648 pb +4,18%
VIE, 16 OCT 2026
Vida

Un instrumento en la mochila: lo que muestra un nuevo estudio sobre música y aprendizaje en chicos de primaria

Una investigación de la Universidad Northeastern comparó a 76 niños de 7 a 9 años y encontró mejores puntajes en memoria, lectura, escritura y matemáticas entre quienes tocaban un instrumento. Las autoras del trabajo aclaran que el hallazgo abre interrogantes, pero no prueba que las clases sean la causa de la ventaja.

LM
Lucía MamaníSociedad y derechos · · lectura 4 min
Un instrumento en la mochila: lo que muestra un nuevo estudio sobre música y aprendizaje en chicos de primaria

Son las siete de la tarde de un martes cualquiera y, en el living de cualquier casa de un barrio como Acassuso o Quilmes, la escena se repite: un nene o una nena de ocho años pelea con una escala, un arco de violín o una postura de piano mientras la mamá o el papá calculan si el esfuerzo vale la pena, sobre todo cuando el mes se estira. Esa pregunta de las familias argentinas, la de si mandar a un hijo a clases de música sirve para algo más que entretenerlo un rato, encontró esta semana una respuesta parcial desde un laboratorio de los Estados Unidos, en un estudio que miró de cerca a chicos de 7 a 9 años y los puso a todos en la misma balanza.

El trabajo, difundido por la Universidad Northeastern, reunió a 76 niños de entre 7 y 9 años y los dividió en dos grupos equivalentes por edad, sexo y nivel socioeconómico: la mitad tocaba un instrumento, con un piso de 30 minutos semanales de práctica, y la otra mitad no tenía formación musical. Predominaron el piano y los instrumentos de cuerda. Lo que los investigadores encontraron es que, en casi todas las pruebas cognitivas y escolares, los chicos que tocaban un instrumento sacaron mejores puntajes. La advertencia, igual de importante que el hallazgo, es que el estudio no puede asegurar que aprender a tocar sea la causa de esa diferencia, y que el costo de sostener una formación así puede dejar afuera a muchas familias.

Qué se midió y dónde aparecieron las diferencias

  • Memoria de trabajo: la capacidad de sostener información por unos segundos mientras se usa, por ejemplo, para recordar una consigna mientras se resuelve un ejercicio.
  • Razonamiento y vocabulario: los chicos músicos rindieron mejor en pruebas que evalúan lógica y manejo del lenguaje.
  • Aprendizaje visual y auditivo: la posibilidad de incorporar y recordar información que llega por los ojos y por los oídos.
  • Desempeño escolar: lectura, escritura y matemáticas. Las diferencias fueron favorables en comprensión lectora, ortografía y reconocimiento de palabras.
  • Imágenes cerebrales: en resonancias de 50 participantes se observó una diferencia en una vía que conecta regiones asociadas con audición, lenguaje y movimiento.

Para entender por qué tocar un instrumento podría pedirle tanto al cerebro, la investigadora Psyche Loui, profesora de música de Northeastern, lo explica con una imagen muy concreta: leer una partitura, mantener el ritmo y coordinar las dos manos al mismo tiempo obliga a atender varias tareas en paralelo, algo que está directamente ligado a las llamadas funciones ejecutivas, esas que permiten planificar, sostener la atención, controlar los impulsos y adaptarse cuando algo cambia sobre la marcha. En la misma línea, la investigadora y educadora musical Anita Collins suele remarcar que aprender un instrumento ejercita al mismo tiempo la escucha, la planificación y la autorregulación, y que ese entrenamiento, repetido semana tras semana, podría dejar huellas fuera de la sala de ensayo.

Ahora bien, vale la pena pisar con cuidado el entusiasmo, y acá la explicación es tan importante como el resultado. Los participantes no fueron asignados al azar a aprender música o no aprenderla, sino que ya estaban formándose o no cuando arrancó el estudio. Eso significa que las familias que llevan a sus hijos a un conservatorio o a clases particulares también son familias que, probablemente, ofrecen otras experiencias educativas en casa, desde leer cuentos hasta acompañar la tarea. Los investigadores intentaron controlar ese sesgo comparando chicos de condiciones socioeconómicas similares, pero aun así reconocen que pueden quedar explicaciones alternativas dando vueltas. Entonces, lo que el estudio muestra con solidez es una asociación, y deja abierta la puerta a seguir investigando si esa relación es causa o, también, consecuencia de otros factores.

Hay otro punto que a mí, como cronista, me parece clave para las familias que están decidiendo: el acceso. Las clases de un instrumento, el instrumento mismo y el tiempo de práctica tienen un costo que no todas las familias pueden sostener, y los propios autores del trabajo lo señalan como un límite. Si en el futuro se comprueba que la música aporta algo concreto al aprendizaje, ese hallazgo choca de lleno con la pregunta de cómo hacer llegar esa oportunidad a los chicos que más la aprovecharían y que, paradójamente, menos acceso tienen. Mientras tanto, para las madres y los padres que ya mandan a su hijo a la profesora de violín de Boedo o a la escuela de música de Mendoza, la lectura razonable es esta: la música, por lo que se ve, no le hace mal a nadie, y los datos que existen hasta ahora suman un argumento más, no una garantía.

LM
Lucía MamaníSociedad y derechos

Comentarios

0

Todavía no hay comentarios. Sé el primero.

Seguí leyendo

Viajar en el tiempo