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VIE, 16 OCT 2026
Vida

Por qué revisamos el celular aunque no haya sonado: lo que explican dos investigadores del CONICET sobre la atención cotidiana

El neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin detallan los mecanismos que nos mantienen pendientes del teléfono, incluso cuando lo dejamos a un lado. Advierten que la expectativa de recibir avisos puede generar ansiedad, sobre todo en los adolescentes, y proponer reconocer estos hábitos es el primer paso para recuperar recursos de atención.

LM
Lucía MamaníSociedad y derechos · · lectura 4 min
Por qué revisamos el celular aunque no haya sonado: lo que explican dos investigadores del CONICET sobre la atención cotidiana

Son las siete de la tarde de un martes de julio y estoy sentada en la mesa de un bar de Palermo, con la mochila todavía colgada, cuando saco el teléfono para ver la hora y me encuentro con tres notificaciones que no esperaba y una pantalla llena de mensajes que no me animé a abrir hasta ahora, y mientras tanto pienso en la cantidad de veces que durante el día lo agarré sin que sonara, convencida de que algo importante estaba pasando del otro lado, así que cuando me propuse escribir esta nota partí de una experiencia tan común que seguramente te pasó a vos también, esa sensación de sentir una vibración, revisar el aparato y descubrir que no había llegado absolutamente nada, una escena doméstica que para el neurocientífico Fabricio Ballarini y el lingüista Juan E. Bonnin, los dos investigadores del CONICET que acaban de publicar el libro (Des)Conectados, tiene una explicación bastante precisa y nos dice mucho más de lo que parece sobre cómo funciona hoy nuestra cabeza.

Lo que ellos describieron, y que yo misma comprobé en esta semana de reporteo, es que la expectativa constante de recibir un aviso puede llevarnos a interpretar un roce con la ropa, un ruido cercano o incluso una corazonada como una señal del celular, como si el aparato hubiera aprendido a hacerse notar sin necesidad de sonar, y esa especie de llamada fantasma no es un capricho de la tecnología sino un mecanismo que se instala cuando vivimos pendientes de las conversaciones digitales, según lo que los autores desarrollan a lo largo de varias páginas y que ellos mismos me ampliaron en una charla reciente.

El miedo a quedar afuera y por qué pesa más en la adolescencia

Una de las claves del libro, y de la conversación que mantuve con Ballarini y Bonnin, es el llamado FOMO, es decir el miedo a perderse algo, una preocupación que parece menor pero que en los adolescentes puede sentirse como una exclusión directa de su grupo de pares, porque para ellos perder el acceso a las conversaciones digitales no es solo quedarse sin un mensaje sino quedar afuera de un mundo chico donde todo se decide en el chat, y los autores lo explican de un modo muy concreto: las pantallas hoy alojan vínculos, actividades y hasta peleas que forman parte de la vida diaria, así que dejar el celular no siempre se vive como guardar una herramienta sino como abandonar, aunque sea por un rato, un espacio de encuentro, y eso es lo que vuelve tan difícil soltar el aparato sin sentir que algo se nos escapa.

  • Sentir vibraciones o sonidos que no existieron y revisar igual el teléfono.
  • Pensar con ansiedad en mensajes que podrían estar llegando mientras hacemos otra cosa.
  • Vivir la idea de dejar el celular como si fuera alejarse de un grupo, sobre todo en la adolescencia.
  • Notar que nos cuesta concentrarnos en una charla, una comida o una tarea simple.
  • Revisar la pantalla apenas tenemos un minuto libre, sin una razón concreta para hacerlo.

Lo que se pierde cuando toda la atención mira la pantalla

Esa espera permanente, dicen los investigadores, también tiene un costo bastante concreto para el resto de la vida cotidiana, porque estar pendientes de las novedades digitales reduce los recursos que tenemos disponibles para concentrarnos en lo que pasa alrededor, así que según lo que Ballarini y Bonnin desarrollan en su planteo, un mayor miedo a quedar afuera se relaciona con un menor rendimiento de la memoria y de la atención, y eso se nota en escenas tan comunes como no recordar lo que el docente acaba de explicar, perder el hilo de una conversación familiar o no poder terminar una tarea sencilla porque cada pocos minutos aparece la tentación de mirar si llegó algo nuevo, que es exactamente lo que me pasó mientras juntaba material para esta nota y me obligaba a dejar el celular en otra habitación para poder avanzar con la lectura.

El libro, y la charla que mantuve con los autores, propone entonces mirar los hábitos digitales de la vida familiar a partir de una pregunta muy concreta: cuánto espacio ocupa el teléfono en nuestra atención, incluso cuando lo dejamos a un lado, y la respuesta que ambos investigadores defienden es que reconocer esa dependencia es apenas el punto de partida, porque no se trata solo de contar cuántas veces se desbloquea la pantalla sino de advertir la preocupación por perderse algo y la expectativa constante de que llegue un mensaje, de ahí que las notificaciones fantasma sean una pista tan clara, ya que muestran que esa espera puede continuar aunque no haya una alerta real, y por eso Ballarini suele repetir que el verdadero cambio no está en la herramienta sino en el modo en que aprendimos a estar pendientes de ella, una idea que a mí, como adulta que convive con adolescentes y con su propio celular a cuestas, me dejó pensando varias horas después de apagar la grabadora.

“Dejar el celular no siempre se vive como guardar una herramienta, a veces se siente como abandonar, aunque sea por un rato, un espacio de encuentro.”Fabricio Ballarini, neurocientífico del CONICET y coautor de (Des)Conectados
LM
Lucía MamaníSociedad y derechos

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