Poner límites a los chicos no es autoritarismo, es cuidarlos: por qué el "no" también enseña
Especialistas en crianza sostienen que la ausencia de normas claras puede afectar la regulación emocional y la tolerancia a la frustración en la infancia. La clave, dicen, es ejercer la autoridad con presencia, afecto y sin violencia, y aprender a distinguir el ejercicio del poder del abuso.
Son las diez de la mañana de un jueves cualquiera y en la redacción todavía se escucha el murmullo del café de las siete. Me toca escribir sobre algo que, en el fondo, a cualquier persona que haya criado o esté criando un hijo le pasa por la cabeza alguna vez: hasta dónde llega el diálogo y dónde empieza la pérdida de autoridad. Lo abordo desde el living de mi casa, con la notebook en la mesa y la calefacción todavía prendida, y mientras reviso las entrevistas que me llegaron me acuerdo de una conocida de toda la vida, Carla, de Lanús, que tiene dos chicos de seis y nueve años y que cada tanto me llama para preguntarme cómo hago yo con el más chico cuando se le da por patalear en el súper. Le digo que no soy la más indicada, pero que lo que dicen las especialistas a las que consulté para esta nota es bastante claro: el límite, sostenido con afecto, no le hace mal a nadie.
En las últimas décadas, cada vez más familias argentinas apostaron por reemplazar las órdenes y los castigos por conversaciones largas, razonadas, donde se intenta explicar cada decisión. Pero ese giro, que arrancó como una manera muy sana de correrse del grito y del "porque yo lo digo", muchas veces se topó con un problema inesperado: el diálogo se volvió negociación permanente y el adulto, para evitar el conflicto, dejó de sostener lo que había decidido. Y ahí, según las especialistas consultadas, es donde la crianza empieza a perder fuerza.
La diferencia entre autoridad y autoritarismo
Para la psicóloga infantojuvenil Ivana Raschkovan, autora del libro "Infancias respetadas", conversar con un hijo o una hija no le quita autoridad al adulto, sino todo lo contrario. Lo que sí la pierde, explica, es el momento en que el grande le empieza a tener miedo al conflicto y lo evita a cualquier costo. Si para esquivar un berrinche los padres terminan moviendo el límite que habían puesto, el mensaje que llega al chico es bastante confuso: hoy vale una cosa y mañana, según el estado de ánimo, otra.
“Conversar no quita autoridad; al contrario. La pérdida de autoridad ocurre cuando el adulto le teme al conflicto y lo evita. Si para esquivar un berrinche terminamos moviendo el límite, el mensaje se vuelve sumamente confuso.”Ivana Raschkovan, psicóloga infantojuvenil
Raschkovan también es tajante cuando hay que separar dos palabras que muchos padres usan como sinónimos y no lo son: autoridad y autoritarismo. El autoritarismo, dice, es un abuso de poder. Respetar a un niño o a un adolescente, agrega, no equivale a dejarlo hacer lo que quiera: el respeto está en el buen trato, en cómo se le habla y en cómo se lo escucha, no en la ausencia de normas.
Los tres estilos clásicos y por qué ninguno solo alcanza
- Autoritario: reglas rígidas, poca escucha y alto nivel de obediencia, pero con vínculo deteriorado.
- Permisivo: mucho afecto y pocas normas, donde el adulto cede para evitar el conflicto.
- Democrático o autoritativo: combina normas claras, diálogo y contención afectiva, y es el que más especialistas recomiendan como punto de equilibrio.
La psicóloga Deborah Bellota, especialista en clínica de niños y adolescentes, coincide en que muchos padres permisivos son extremadamente afectuosos, pero justamente por ese cariño terminan sin poner límites "por miedo a que el hijo se enoje con ellos". Esa dinámica, advierte, puede convivir con una buena autoestima, pero también suele traer aparejadas dificultades para autorregularse, baja tolerancia a la frustración y una resistencia bastante marcada a las figuras de autoridad, ya sea una maestra, un entrenador o un jefe, mucho más adelante.
Para Raschkovan, los límites no son un castigo ni una amenaza, sino una forma concreta de cuidado, y la comparación que elige es bien de la vida cotidiana: son indispensables para aprender a vivir en sociedad, porque la vida misma ya presenta dosis diarias de frustración, como tener que ir a dormir aunque uno quiera seguir jugando, no poder almorzar caramelos o tener que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas, dice, son las que van construyendo la tolerancia a la frustración. Y esa tolerancia, aclaran ambas especialistas, no aparece sola: se aprende, y se aprende fundamentalmente en un entorno seguro, donde el "no" aparece a tiempo y con afecto.
“Los límites son indispensables para aprender a vivir en sociedad. La vida misma ya presenta dosis diarias de frustración: hay que ir a dormir aunque quieran seguir jugando, no se puede almorzar caramelos, hay que dar la mano para cruzar la calle. Esas pequeñas frustraciones cotidianas van construyendo la tolerancia a la frustración.”Ivana Raschkovan
Cuando un chico no experimenta ese "no" en la casa, en un marco de cuidado, es posible que después no tenga los recursos emocionales suficientes para procesar situaciones difíciles afuera, en la escuela, en la calle o en cualquier otro ámbito. Por eso, coinciden Raschkovan y Bellota, el trabajo del adulto no termina en el momento en que dice que no: ese "no" tiene que ir acompañado de presencia, de explicación a la altura del niño y, sobre todo, de la seguridad de que se va a sostener aunque al principio cueste, aunque haya llanto, aunque el chico se enoje. Es, en definitiva, la manera que tiene la familia de mostrarle que el mundo tiene reglas, y que alguien de confianza está ahí para acompañarlo a entenderlas.
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