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SÁB, 17 OCT 2026
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La vez que Miyazaki viajó a Suecia por Pippi Calzaslargas y volvió con las manos vacías (y con ideas para décadas)

A comienzos de los setenta, el director japonés intentó quedarse con los derechos del personaje de Astrid Lindgren para hacer una serie animada. Ella le dijo que no. Lo que quedó de aquel viaje terminó alimentando algunas de sus películas más queridas.

AP
Ana Paula LedesmaCultura y espectáculos · · lectura 3 min
La vez que Miyazaki viajó a Suecia por Pippi Calzaslargas y volvió con las manos vacías (y con ideas para décadas)

El dato suena a mito de los pasillos del animé, pero está perfectamente documentado: en 1971, Hayao Miyazaki se subió a un avión con destino a Suecia para tentar a Astrid Lindgren con una adaptación animada de Pippi Calzaslargas. La autora, que ya había visto cómo alguien le arruinaba a su personaje en una película de 1949, le cerró la puerta en la cara. Lo que no podía saber Miyazaki era que aquel viaje, y el no de Lindgren, iban a terminar siendo una de las decisiones más productivas de su carrera.

De Hols a Pippi, en un estudio chico y con muchas ganas

Para entender la obsesión hay que retroceder un poco. A principios de los setenta, Miyazaki y su socio artístico Isao Takahata habían pegado el portazo en Toei Animation después del fracaso comercial de Las aventuras de Hols, el príncipe del sol. Los recogió el productor Yasuo Otsuka, que estaba armando un estudio pequeño llamado A-Pro, con la idea de hacer algo distinto del ritmo de producción televisiva de la época. Y lo que los entusiasmó fue, justamente, Pippi: una nena pelirroja, independiente, más fuerte que cualquier adulto y sin la menor intención de portarse bien.

“Fue algo extraordinario para nosotros. La oportunidad de hacer algo significativo y no solo televisión.”Hayao Miyazaki, en declaraciones recogidas por sus biógrafos

Takahata, además, tenía una lectura más profunda: los libros de Lindgren les parecían una bofetada a la tradición de la literatura infantil europea, esa que suele mostrar a los chicos como problemitas que los mayores tienen que corregir. Adaptar a Pippi era, para ellos, una manera de discutir con esa tradición desde la animación japonesa. Por eso no fue un viaje de oficina: Miyazaki cruzó medio mundo para sentarse cara a cara con la autora.

Visby, el lugar que se le metió en la cabeza

Antes de la reunión, Miyazaki recorrió Visby, la ciudad medieval de la isla de Gotland, con sus casas de colores, sus murallas y sus calles empedradas. La caminata le cambió la imagen que tenía de Europa, más ordenada y luminosa de lo que imaginaba. Aquel paisaje, dice él mismo, se le quedó grabado. Pero la negociación no prosperó. Lindgren no había quedado conforme con una versión cinematográfica de Pippi de 1949 y, según los relatos de la época, miraba con desconfianza la animación japonesa, a la que asociaba con una violencia que no pegaba con sus historias. Sin derechos, sin serie.

  • Miyazaki viajó a Suecia en 1971 para negociar con Astrid Lindgren los derechos de Pippi Calzaslargas.
  • Lindgren rechazó la propuesta por su mala experiencia con una adaptación de 1949 y por la violencia de la animación japonesa.
  • El archivo de bocetos y la investigación del viaje reaparecieron en Las aventuras de Panda y sus amigos (1972), dirigida por Takahata y escrita por Miyazaki, cuya protagonista Mimiko heredó rasgos de Pippi.
  • Los paisajes de Visby, que Miyazaki conoció en aquel viaje, fueron reutilizados como referencia visual en Nicky, la aprendiz de bruja (1989).

Lo más bonito de la historia es que nada de ese trabajo se perdió. Buena parte de los bocetos y la investigación que Miyazaki había hecho para Pippi recalaron en Las aventuras de Panda y sus amigos, el mediometraje de 1972 que Takahata dirigió con guion de Miyazaki. Su protagonista, Mimiko, es una nena traviesa, pelirroja y desbordante, con demasiados puntos en común con la creación de Lindgren. Un año después llegó la secuela, y en esos dos filmes están ya las semillas de casi todo lo que vendría después. Y hay más: dieciséis años más tarde, cuando Miyazaki se sentó a dibujar los pueblos y campos de Nicky, la aprendiz de bruja, los recuerdos de Visby aparecieron en la pantalla. El no de Lindgren, sin querer, terminó poblando el mundo de Kiki. Quién te dice que, en algún rincón de una película futura, no quede todavía algo de la Pippi que nunca fue.

La próxima función de esta historia, por ahora, no está en ningún cronograma: queda como una de las grandes rutas perdidas del animé, y como recordatorio de que, a veces, las mejores obras nacen del proyecto que nunca se hizo.

AP
Ana Paula LedesmaCultura y espectáculos

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