La infancia que llega en silencio: cuando los síntomas se acumulan y la red de cuidado no alcanza
Chicos y adolescentes llegan a escuelas, guardias y consultorios con insomnio, marcas en la piel, miedo a la comida y muchas veces con violencias cargadas durante años. Faltan profesionales, sobran listas de espera y el sistema responde en pedazos mientras las urgencias se vuelven crónicas.
Llegué a la sala de espera del consultorio a las nueve menos cuarto de la mañana, con la luz pálida de un martes todavía sin gente en la calle, y la psicóloga que me abrió la puerta me dijo algo que se me quedó pegado en el cuaderno antes de empezar a escribir esta nota: cada vez más, los chicos llegan solos con lo que les pasa encima. No los trae un vecino, ni un abuelo, ni una maestra que los viene siguiendo del grado: a veces los trae la abuela cansada, otras veces se presentan ellos mismos, y en otros casos directamente no los trae nadie y la señal queda dando vueltas hasta que explota en un patrullero, en una guardia, en una carpeta escolar que nadie firma. Lo que sigue es lo que vi y lo que escuché en estas semanas, mientras intentaba entender por qué la salud mental de los chicos argentinos está en el centro de una crisis que ya no se puede mirar de reojo.
En los consultorios, en las guardias hospitalarias y en las aulas se repite un patrón que los profesionales empiezan a reconocer como una postal de época: pibes y pibas que no pueden dormir, que dejaron de comer o que comieron de manera compulsiva durante meses, que se aislaron de los amigos, que se lastiman los brazos o las piernas en secreto y que, en los casos más graves, expresan en voz baja que no quieren seguir viviendo. Detrás de cada uno de esos síntomas hay una historia personal, familiar y social que, en muchísimos casos, tardó años en encontrar a alguien dispuesto a escucharla, y los equipos que todavía quedan de pie en el sistema público describen la situación con palabras que ya no son técnicas sino casi de supervivencia: lo que llega, dicen, es la punta de un iceberg que viene creciendo desde hace rato.
Violencias que se cargan en silencio durante años
La violencia es el corazón del cuadro y por eso hay que mirarla de frente, sin eufemismos. Las estimaciones de UNICEF indican que una de cada ocho niñas y mujeres sufrió una violación o una agresión sexual antes de cumplir los dieciocho años, mientras que entre los varones la proporción es de uno de cada once, números que muestran que el problema no es de una sola identidad sino que atraviesa a toda una generación. Buena parte de esas experiencias permanece silenciada porque nunca encontró un interlocutor válido, y sus efectos sobre la salud mental pueden extenderse durante toda la vida adulta si no hay alguien que la nombre a tiempo. A esas violencias se les suman los maltratos cotidianos, la negligencia, las humillaciones en la casa o en el barrio, los golpes que no dejan marcas visibles pero que pesan igual, y todo eso pocas veces termina en un expediente, en una denuncia o en una historia clínica, así que la primera vez que ese chico aparece en un sistema formal suele ser en una crisis aguda, cuando ya no se puede disimular.
Pantallas, apuestas y la soledad como refugio
A ese mapa se le agregó en los últimos años una capa nueva que cambió la fisonomía de la infancia y la adolescencia: las plataformas digitales y todo lo que circula por ellas a cualquier hora del día. Los pibes quedan expuestos a contenidos sexuales no deseados, a publicidades de apuestas que aparecen en cualquier stream, a material que promueve conductas de riesgo y a comunidades donde el discurso del odio se mimetiza con la pertenencia, y según datos recientes de UNICEF uno de cada cuatro adolescentes argentinos apostó dinero al menos una vez, lo que muestra que el problema ya dejó de ser una anécdota para convertirse en una conducta instalada. Para muchos profesionales el uso intensivo de pantallas no es un capricho generacional ni un simple hábito de la época, sino que en una cantidad creciente de casos funciona como un refugio frente a soledades que no tienen otro lugar adonde ir, una manera de aguantar la noche cuando en la casa no hay un adulto disponible o cuando la escuela dejó hace rato de ser un espacio amable.
- Sueño roto: chicos que se acuestan a las tres de la mañana y no pueden dormir por ansiedad, por pesadillas o por miedo a lo que pasa cuando se apaga la luz.
- Comer en silencio: desde la anorexia y la bulimia hasta atracones compulsivos que se esconden en la pieza o en el baño, lejos de los ojos de los adultos.
- Cuerpo como mensaje: cortes en brazos y piernas que aparecen en la muñeca, en el muslo, en cualquier parte donde la ropa los tape, como una manera de decir lo que las palabras no pueden.
- Aislamiento progresivo: pibes que se borran de los grupos, que dejan de salir, que se encierran a jugar o a mirar pantallas durante horas para no tener que enfrentar lo que pasa afuera.
- Ideas de muerte: frases como "no quiero estar acá" o "estoy cansado de todo" que muchas veces se minimizan y que, dicen los especialistas, siempre hay que tomar en serio.
Aprender se vuelve cuesta arriba cuando lo que sobra es miedo
Los resultados de las pruebas PISA 2025 suman una señal más a este cuadro y obligan a leerlos en clave de salud mental: casi ocho de cada diez estudiantes argentinos de quince años no alcanzaron el nivel básico en Matemática, y alrededor de seis de cada diez tampoco lo hicieron en Lectura ni en Ciencias, lo que significa que la escuela está viendo cómo se le complica enseñar a chicos cuya cabeza está puesta en otra parte. Aprender, explican los especialistas, exige atención sostenida, confianza básica y una capacidad razonable de tolerar la frustración, y esos son justo los recursos que se agotan primero cuando la energía psíquica de un pibe está puesta en sobrevivir al hambre, en aguantar la violencia o en tramitar un abandono, así que no alcanza con pedirle más esfuerzo al docente ni con sumar horas de clase si antes no se aborda lo que ese estudiante carga en la mochila antes de abrir la puerta del aula.
Un sistema que llega en pedazos
Cuando una familia finalmente advierte que algo está mal y se anima a pedir ayuda, muchas veces se encuentra con un escenario que la hace volver sobre sus pasos: servicios saturados, falta de profesionales especializados y tiempos de espera que convierten una señal temprana en una urgencia que ya nadie puede desandar. La atención, además, suele llegar fragmentada en tres o cuatro puntas que no se hablan entre sí, porque la escuela recibe el problema de conducta, el hospital recibe el síntoma físico, la justicia recibe la infracción y el chico, en el medio del circuito, se pierde como persona dentro de un laberinto de informes, entrevistas y derivaciones que pocas veces terminan en un acompañamiento sostenido. Lo que falta, coinciden los equipos que todavía sostienen la guardia, no es solamente más presupuesto, sino una red que se juegue por estos pibes antes de que la crisis se vuelva crónica y los termine arrastrando, como dice Graciela desde su consultorio en Lanús mientras acomoda los papeles sobre el escritorio, a una adultez que ninguno de nosotros quiere para ellos.
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