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SÁB, 17 OCT 2026
Vida

La fonda que Ezequiel armó con dos hornallas y la ayuda de un vecino de Facebook

Llegó desde Azul a Neuquén a los 33 años, sin trabajo y sin techo. Con una carpa prestada, un refugio que lo contuvo y una cocina mínima, fue armando clientela hasta abrir su propio local en el barrio Mariano Moreno. Esta es la historia de alguien que aprendió a reinventarse y ahora sueña con un bodegón para las familias.

LM
Lucía MamaníSociedad y derechos · · lectura 4 min
La fonda que Ezequiel armó con dos hornallas y la ayuda de un vecino de Facebook

Son las primeras horas de la tarde en el barrio Mariano Moreno, en la ciudad de Neuquén, y el sol cae fuerte sobre la esquina de Mitre y Correntoso. Ahí, a metros de su casa, Ezequiel Banegas termina de acomodar los últimos detalles del local que está a punto de abrir, después de más de dos años de haber llegado a la ciudad con lo puesto y sin tener dónde pasar la primera noche. Hoy tiene 36, una clientela que él mismo se construyó de a poco y un emprendimiento gastronómico que llevará el nombre de La Fonda.

Yo lo fui a ver un viernes, mientras terminaba de instalar el mostrador y revisaba la lista de proveedores. Ezequiel me recibió con la misma tranquilidad con la que cuenta su historia, sentado en una de las mesas que todavía no están abiertas al público. Habla despacio, como si cada cosa que le pasó la tuviera ordenada en la cabeza y le costara poco volver a ponerla en palabras. Es de Azul, provincia de Buenos Aires, y llegó a Neuquén a dedo, en dos días, en febrero de 2024, cuando todavía tenía 33. No tenía trabajo ni lugar donde dormir, y la primera persona que lo ayudó no fue de ningún organismo oficial, sino un vecino de Facebook.

Una carpa prestada y un refugio en la calle Belgrano

Las primeras noches en Neuquén las pasó a la intemperie. Para soportar el frío, publicó en un grupo de Facebook que necesitaba una carpa. Le respondió un vecino llamado Raúl, que le acercó una carpa, una almohada y un acolchado. Esa pequeña ayuda le permitió ganar tiempo mientras buscaba trabajo. Poco después, consiguió lugar en un refugio de la calle Belgrano al 2500, donde, según me contó, lo ayudaron a reordenar la vida cotidiana y a pensar en pasos concretos. «Me ayudaron muchísimo a reintegrarme a la sociedad. Me sirvió para salir adelante», recordó Ezequiel sobre esos meses iniciales.

Del corralón en Cipolletti a la cocina con dos hornallas

El primer empleo estable le llegó en el área de mantenimiento de una empresa de logística. Más tarde se instaló en un corralón de Cipolletti, donde empezó como vendedor y terminó siendo jefe de ventas. Esa experiencia, me dijo, le dejó herramientas que después le sirvieron para llevar adelante un emprendimiento propio: trato con proveedores, manejo de plata, lectura de los clientes. Pero la cocina siempre estuvo en el horizonte. Con apenas dos hornallas, un horno que no funcionaba y una heladera chica, empezó a preparar tortas fritas, chipá y bolas de fraile para vender en el Paseo de la Costa. Cuando la demanda creció, fue sumando pizzas, empanadas y hamburguesas, un producto a la vez, según lo que podía invertir y lo que le pedían los clientes.

Quince seguidores, quinientos clientes y un local propio

Las redes sociales fueron parte del crecimiento. Arrancó con 15 seguidores en Instagram y se acercó a los mil en poco tiempo. La base de clientes, sin embargo, terminó siendo mucho más grande: unas quinientas personas que empezaron a pedirle pedidos por mensaje y a pasar a retirar la comida. «Creció mucho todo en tan poco tiempo, eso es lo que me sorprende», me dijo, todavía un poco asombrado por lo rápido que se movió todo. Durante un año entero, mes a mes, guardó plata para poder pagar el alquiler de un local y la puesta en marcha. «Todos los meses trataba de guardar algo. Me privé de muchas cosas», reconoció. La Fonda abrirá sus puertas en el corazón del barrio Mariano Moreno, de lunes a domingo excepto los martes, en dos turnos: de 12 a 15 y de 20 a 23.30.

  • Hamburguesas
  • Lomos
  • Empanadas
  • Pizzas
  • Tartas
  • Burritos

Aunque la apertura llega después de mucho esfuerzo, Ezequiel no la piensa como un punto de llegada. Mientras terminamos de charlar, me cuenta que su sueño a futuro es más grande: abrir un bodegón, con platos abundantes y precios accesibles para las familias del barrio. «Pero vamos de a poquito, paso por paso», dice, con la misma calma con la que describe cada una de las decisiones que tomó en estos dos años y medio. Y antes de que me vaya, mientras acomoda unas bandejas en la cocina todavía sin terminar, me deja una frase que resume todo lo que vivió: «Lo más importante es que la gente que entre acá sienta que es bienvenida, y que vea que con esfuerzo se puede». Esa es, en definitiva, la promesa que Ezequiel Banegas quiere cumplir desde este lunes, detrás de un mostrador que fue construyendo, literalmente, con sus propias manos.

LM
Lucía MamaníSociedad y derechos

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