La cámara de Patricio Guzmán como testigo de un país que se partió en tres
El documental «La batalla de Chile» recorre en tres películas los años que llevaron al golpe contra Allende y abre una ventana al cine político latinoamericano.
Les cuento de entrada: cuando uno se sienta a ver «La batalla de Chile» tiene la sensación de estar pisando el mismo piso que los protagonistas. La cámara de Patricio Guzmán, un documentalista chileno formado en la Escuela Oficial de Cinematografía de Madrid, entra y sale del Parlamento, se cuela en las asambleas obreras, se mezcla con los micrófonos de radio y con los rostros de una ciudad que todavía no sabe que en pocas semanas va a cambiar para siempre. Yo lo vi de corrido, las tres partes, y me pasó algo que me suele pasar con pocas películas: la cabeza me quedó dando vueltas varios días.
La obra está dividida en tres películas que funcionan como capítulos. La primera se llama «La insurrección de la burguesía», la segunda «El golpe de estado» y la tercera «El poder popular». Entre las tres arman un rompecabezas sobre el conflicto político y social que atravesó Chile durante el gobierno de Salvador Allende, entre 1970 y 1973. Guzmán no se queda en una sola escala: por un lado registra lo que pasa en las bancas del Congreso, con sus debates y sus roces; por el otro, se mete en las reuniones de los trabajadores, donde se discute cómo responder a un país que parece moverse debajo de los pies.
Una película que se filma mientras la historia todavía está pasando
Acá viene uno de los hallazgos del documental: la cámara no llega después de los hechos, sino mientras todavía están ocurriendo. Eso le da a las imágenes una textura particular, casi de periodismo en bruto, porque se ve a los diputados discutiendo, a los referentes sindicales explicando propuestas y, al mismo tiempo, a las fuerzas de derecha y a los militares moviéndose en las sombras. La película no esquiva las diferencias dentro del propio campo popular: las discusiones entre los partidos de izquierda también ocupan un lugar central, porque Guzmán entiende que contar el proceso es contar también los debates internos.
“La propuesta se inscribe en el Tercer Cine, una corriente surgida en Latinoamérica que buscaba distanciarse de los intereses comerciales de Hollywood y que entendía al documental como una herramienta para registrar procesos históricos y desarrollar un cine de compromiso político.”Nota de Cultura
Esa adscripción al Tercer Cine no es un dato decorativo: explica por qué la película elige mostrar las asambleas de los cordones industriales con la misma dedicación con la que muestra las sesiones parlamentarias. Para Guzmán, nacido en Santiago de Chile, ambas instancias eran parte de la misma pelea. El resultado es un montaje que combina recursos cinematográficos, periodísticos y explicativos, con escenas de violencia que se intercalan con discusiones políticas largas, de esas que hoy casi no se ven en una pantalla.
Para quien se anime a buscarla, la recomendación es verla en orden: «La insurrección de la burguesía» presenta el cuadro de tensión social, «El golpe de estado» registra el día en que la irrupción militar termina con el gobierno de Allende y «El poder popular» recoge lo que hicieron las organizaciones de trabajadores en ese trance. Las tres funcionan como una sola película y, vistas en conjunto, dejan una pregunta que todavía hoy rebota: qué buscamos cuando miramos un documental sobre un proceso histórico. Yo, mirá, les contesto con lo que sentí: quiero entender cómo se llegó hasta ahí y, sobre todo, qué hicieron los que no aparecen en los manuales. La cámara de Guzmán, sesenta años después, sigue trabajando para eso. La próxima función de esta joyita suele programarse en ciclos de cine político y en muestras de cine latinoamericano; vale la pena estar atentos a la cartelera del barrio.
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