En la calle Suipacha, el corazón del taco y la horma: cómo se cose el zapato que sostiene al tango
Antonio Ávalos lleva casi tres décadas fabricando calzado para bailarines en un local de microcentro porteño donde showroom y taller conviven bajo el mismo techo. De la mano de su mujer y su hijo, produce unos 50 pares por semana y entiende cada taco, cada suela y cada costura como una decisión técnica antes que decorativa.
Son las diez de la mañana de un martes y la calle Suipacha ya muestra ese movimiento particular del microcentro porteño, con oficinas que se abren, cafés que despachan cortado por ventanilla y una mezcla de oficinistas, cadetes y turistas que caminan apurados entre las paradas del colectivo. En el 158, casi sin cartel desde la vereda, funciona Todo Tango Shoes, un local angosto donde conviven un showroom con espejos, una vidriera con zapatos exhibidos y, al fondo, un taller donde el olor a cuero y a pegamento marca la diferencia con cualquier comercio de la cuadra. Hasta ahí llegué, una vez más, para entender de qué están hechos esos zapatos que sostienen a los bailarines de tango en las milongas de Buenos Aires y de medio mundo.
Detrás del mostrador me atiende Analía, la mujer de Antonio, y la primera conversación es con ella, que es de Ituzaingó y se encarga de las ventas y de recibir a los clientes que llegan a probarse pares. Me cuenta que la pregunta más repetida en el mostrador no es por el color ni por el modelo, sino por el taco: "Vienen muchas mujeres que nunca usaron taco aguja y te preguntan cómo se hace para no caerse", me dice, mientras acomoda un par de zapatos rojos sobre un repasador. La aclaración, aclara, siempre es la misma: "Eso lo decide el pie, no la moda".
Un oficio heredado y una producción familiar
El protagonista del taller es Antonio Ávalos, que tiene 46 años y empezó en esto a los 18, de la mano de su padre Eugenio, un modelista de calzado que en otra época llegó a representar a Christian Dior en la Argentina y que fue de los últimos en fabricar zapatos de taco aguja para mujeres que todavía los usaban a diario para ir a trabajar. "Papá era mi maestro. De chico no teníamos mucho dinero y a mí me gustaban las zapatillas que no me podían comprar. Entonces me enseñó a hacerlas", le dijo a este portal, en una de esas frases que condensan una vida. Hoy Antonio trabaja junto a Analía, oriunda de Ituzaingó, y a Tobías, su hijo de 24, que se sumó al taller y se ocupa del armado fino, en una cadena que se completa con empleados que llevan años en distintos puestos.
La técnica manda: taco, horma y suela
- La horma es el molde sobre el que se diseña y construye el zapato. Ávalos dibuja directo sobre la horma, sin pasar por el papel, y arma un prototipo en talle 37 que exhibe en la vidriera para ver cómo reacciona la gente que pasa por la calle Suipacha.
- El taco, que va de los 5,5 a los 9 centímetros según el cliente, no es un accesorio decorativo: si se coloca un taco de 7 centímetros en una horma pensada para 9, el zapato "pisa chueco", ya sea en la punta o en el talón, y se rompe la línea del bailarín.
- La suela puede ser de cromo, ideal para pisos pulidos de las milongas porque no resbala pero sí desliza, o de cuero, más versátil y elegida para los escenarios al aire libre, como las plazas donde el tango se bailó durante la pandemia.
- Las zapatillas, heredadas del calzado de jazz, llevan suela de cromo en lugar de goma y son las favoritas para ensayos y milongas informales.
En el fondo del local, entre hormas de madera, retazos de cuero y bolsas con glitter importado, el proceso se despliega con un ritmo que parece ajeno al apuro de la calle: corte, aparado, armado, colocación de suela y terminación, hasta llegar a los aproximadamente 50 pares que salen por semana y que se venden a clientes de Buenos Aires pero también a bailarines de Europa, Estados Unidos y Japón, que encargan por encargo y se llevan el calzado como un pedazo de la ciudad. Además de tango, el taller fabrica modelos para bachata, con tiras en el empeine y taco chupete, y para rock, en una línea que muestra cómo la horma del tango se adaptó a otros ritmos de salón.
Materiales, límites y futuro del oficio
Al taller entran cueros, telas, billoné, glitter, charol y estampados que llegan principalmente de China y de Brasil, y cada vez más de curtidurías locales. Ávalos, que probó en su momento trabajar con cueros sintéticos, los dejó de lado: "Tienen vencimiento, se despegan y no aguantan la transpiración del baile", resume, mientras acomoda una horma en la morsa. La producción es totalmente artesanal y, según cuenta, no hay dos pares iguales: cada horma se ajusta a un pie, a un taco y a un tipo de pista, y eso hace que un zapato de tango dure, con los cuidados del caso, varios años de milonga.
Antes de irme, ya con la grabadora apagada, Analía vuelve sobre el mostrador y me despacha con una frase que se me queda dando vueltas: "Acá no vendemos un par de zapatos, vendemos la manera en que una persona se va a parar en una pista". Y en esa manera de pararse, pienso mientras subo la persiana metálica de la calle Suipacha, está la historia entera de una familia que aprendió a fabricar lo que la danza necesita y que, casi sin hacer ruido, sostiene desde hace 28 años uno de los oficios más invisibles del tango.
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