Eddie Horniman ya no es un gentleman: vuelve la serie más ambiciosa (y más oscura) de Guy Ritchie
La segunda temporada de The Gentlemen llega a Netflix con un Theo James transformado, un patriarca en crisis espiritual y dos incorporaciónes europeas que prometen sacudir el imperio del cannabis.
A tres meses de verlo desangrarse en un barrial, Eddie Hornisman ya no es el aristocrático que pisó el barro del narcotráfico casi de chiripa. Vuelve a Netflix la segunda temporada de The Gentlemen, la serie de Guy Ritchie que el año pasado se comió al mundo con su retrato gamberro de la nobleza inglesa metida hasta el cuello en el negocio del cannabis. Y esta vez la cosa se pone seria: más oscura, más ambiciosa, menos bromas y más dilema moral.
Me animo a decir que arranca como una película de espías meets un guión de los ochenta: Eddie, ahora duque de Halstead consolidado como socio de los Glass, quiere expandir el imperio más allá del Reino Unido. Para eso necesita tierras alrededor de la finca, contactos políticos y, sobre todo, sentarse él en la mesa grande en lugar de pedir permiso. Pero el patriarca Bobby Glass, cada vez más enganchado con su despertar espiritual, no quiere ni oír hablar de internacionalizar el negocio.
Dos europeos para romper el esquema inglés
- Marco Moretti, el mafioso italiano que encarna Sergio Castellitto con esa gravedad que tienen los actores de su estirpe. Viene con la elegancia de un viejo capo y la crueldad de los que aprendieron a negociar en Roma.
- Cico Maldini, el lugarteniente que mete en escena el polaco Michele Morrone, todo músculo y cinismo. Aporta una cuota de imprevisibilidad que el universo de la serie necesitaba.
- Una trama europea que cruza Londres, Roma y un par de locaciones europeas más, según adelantaron desde la producción.
Theo James vuelve como Eddie Horniman, pero el personaje que aparece en estos ocho capítulos no se parece en nada al del debut. La serie lo muestra tomando decisiones que el Eddie primerizo jamás habría tenido el coraje (o la cara) de tomar. Ritchie no pierde el pulso para el humor negro y la violencia estilizada que son su marca registrada, pero esta vez les mete una pregunta mucho más pesada: cuanto más control acumula Eddie, más difícil se le hace bajar del ring. Es el arco clásico del protagonista de género, el que empieza siendo pez chico y termina devorado por el tanque que él mismo eligió.
La pregunta que queda dando vueltas es una que a mí, particularmente, me resulta imposible de sacarme de la cabeza: hasta dónde puede llegar un tipo como Eddie, con toda su plata y sus modales, antes de que el costo personal de ese camino se vuelva irreversible. Y esa duda, precisamente, es la que hace que valga la pena sentarse a verla.
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