Digger: Iñárritu vuelve a las bambalinas, pero esta vez sin red
Tom Cruise protagoniza la película con la que el mexicano regresa al universo de Birdman: misma fascinación por el teatro, pero ahora el espejo apunta al dinero que sostiene al arte. Crónica de una apuesta incómoda en plena temporada de premios.
Vayan a verme a la sala. Hay un rumor que corre desde hace semanas en los pasillos de la Warner y tiene que ver con la nueva película de Alejandro González Iñárritu, el realizador mexicano que hace más de una década nos dejó boquiabiertos con aquella joyita que fue Birdman. La nueva se llama Digger y ya tiene a medio Hollywood con la lupa encima, entre otras cosas porque es el regreso de Tom Cruise a un papel dramático serio después de bastante tiempo. Cuando me confirmaron que el primer pase estaba pautado para esta semana, lo aclaro: todavía no la vi terminada, así que esto es más una lectura del material que se viene difundiendo y de lo que el propio director dejó trascender que una crítica clásica. Pero hay suficiente tela para cortar.
Lo primero que conviene decir es que Iñárritu vuelve al mismo barrio. Quien haya visto Birdman se va a sentir como en casa: teatro, una estrella grande que se la juega toda en una obra, cámaras que se cuelan entre las bambalinas y esa sensación de que el arte y la vida del artista se están mirando al espejo y no saben quién es quién. La diferencia, y acá está lo jugoso, es que esta vez el espejo devuelve una imagen bastante menos amable.
Cruise, un actor que se pone la película al hombro
Cruise, que ya sabe lo que es cargar con un blockbuster planetario, encarna a un actor que acepta el dinero de un magnate para financiar su propia obra. El objetivo, cuentan, es sacar a su hija de un quilombo que ese mismo mundo de guita poderosa contribuyó a armar. La paradoja es el motor de toda la película: el arte que denuncia al capital solo puede existir porque el capital se lo permite. Esa frase, que parece un eslogan de izquierda, en la pantalla se vuelve algo mucho más turbio, más incómodo, menos festejante.
En la nota que circuló como base de esta columna se cita al propio Iñárritu explicando el planteo. Lo dejo textual porque vale la pena leerlo dos veces: "La tensión entre el dinero y la creación artística es la pregunta central. No podés denunciar al poder sin su financiamiento". Ahí se entiende por qué Digger no es un pasamanos de frases ingeniosas como podía llegar a ser Birdman. Esto va más al hueso.
- El personaje de Cruise produce una obra teatral con plata de un magnate al que la obra critica.
- La hija del protagonista está atrapada en una situación que el poder de ese magnate ayudó a crear.
- El público aplaude en la sala una caída simbólica que afuera es pura fantasía.
- La película abandona el falso plano secuencia pero conserva el resto del lenguaje visual de Birdman.
- La contradicción entre financiamiento privado y creación artística es el motor de toda la narración.
Una apuesta que se las trae para los premios
Acá viene el dato que más me hizo levantar una ceja: a diferencia de la anterior, esta entrega no tiene un final celebratorio. Termina con pocas concesiones y le señala al espectador, de manera bastante directa, que trabajar dentro de una industria que depende de capitales gigantes tiene un costo que no se resuelve con un par de aplausos. Eso la vuelve una película más radical, pero también más difícil de cazar en el circuito de premios, donde las cintas de mayor masividad suelen correr con ventaja. La única variable que podría torcer ese cálculo, coinciden varios analistas, es que Cruise se mande una actuación de esas que tape cualquier objecion. No es un detalle menor. Cuando un astro de su calibre se pone al servicio de un director como el mexicano, lo que pasa en la pantalla suele dejar marcas.
Mientras tanto, en las próximas semanas el equipo de prensa de la Warner tiene previsto un nuevo adelanto con material inédito y una rueda de prensa en Los Angeles. La fecha exacta la están reservando para después del primer gran encuentro con periodistas especializados, que suele ser el verdadero termómetro de cómo llega la película a la conversación pública. Ahí les cuento. Por ahora, lo que queda claro es que Iñárritu volvió al mundo del teatro con las manos vacías de concesiones. Y eso, en un Hollywood que suele premiar las películas fáciles de digerir, es casi un acto de valentía.
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