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VIE, 16 OCT 2026
Vida

Cuidar el cerebro en comunidad: qué se aprende cuando la prevención se adapta a cada barrio

En un encuentro internacional realizado en Buenos Aires, especialistas analizaron los resultados de LatAm-FINGERS, un estudio que siguió durante dos años a más de mil personas mayores de once países y registró mejoras en las capacidades cognitivas. La alimentación, el movimiento, los vínculos sociales y el control cardiovascular aparecen como piezas de una misma estrategia.

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Lucía MamaníSociedad y derechos · · lectura 4 min
Cuidar el cerebro en comunidad: qué se aprende cuando la prevención se adapta a cada barrio

A media tarde, en una sala colmada del centro porteño, se respiraba esa mezcla particular que solo aparece cuando la ciencia se sienta a explicar lo que aprendió en dos años de trabajo puerta a puerta. Eran especialistas en neurología, en gerontología y en salud pública, llegados de distintos puntos de la región para poner en común los resultados de LatAm-FINGERS, un ensayo clínico que durante 24 meses siguió a 1.065 personas de entre 60 y 77 años, distribuidas en 11 países de América latina. La pregunta que los reunió fue tan concreta como urgente: qué funciona, y qué no, a la hora de proteger la memoria y las capacidades de razonamiento cuando los años empiezan a pesar.

La respuesta no cabe en una sola indicación médica. Lo que el ensayo puso a prueba fue una estrategia integral, de esas que obligan a mirar a la persona entera y no solo al órgano que preocupa. Alimentación, movimiento físico, actividad mental, vínculos sociales y control de los factores cardiovasculares, todo junto, durante el tiempo suficiente como para que los cambios puedan sostenerse. La idea de fondo es conocida: lo que cuida al corazón también cuida al cerebro. Pero el aporte del estudio fue medir, con método y con números, qué pasa cuando esos consejos se bajan a la vida cotidiana de comunidades muy distintas entre sí.

Una estrategia con cinco patas

  • Alimentación saludable, adaptada a los productos y las costumbres de cada lugar.
  • Actividad física regular, adaptada al estado de salud de cada persona.
  • Estimulación cognitiva, con actividades que desafíen la memoria, la atención y el lenguaje.
  • Vinculación social, porque el aislamiento pesa tanto como otros factores de riesgo.
  • Control de la presión arterial, la glucosa, el colesterol y el tabaquismo, atendidos con evaluación médica periódica.

El dato clínico más relevante que dejó el ensayo fue una mejora en la cognición global entre quienes recibieron la intervención más estructurada, es decir, los que tuvieron actividades organizadas y un contacto frecuente con los equipos de salud. El otro grupo recibió recomendaciones para incorporar los hábitos por cuenta propia y también mejoró, aunque en menor medida. La diferencia importa porque confirma algo que los investigadores sospechaban: acompañar vale, y bastante. Aun así, los autores se cuidan de vender una solución mágica. El enfoque no garantiza que la demencia se evite; lo que muestra es que se puede ganar tiempo, mantener la autonomía un poco más y, sobre todo, aprender qué funciona en cada contexto.

Para Lucía Crivelli, jefa de Neuropsicología de FLENI e investigadora principal de LatAm-FINGERS, esa última idea es la más cara. Desde Buenos Aires, donde coordina al equipo argentino, Crivelli contó que las propuestas alimentarias y la organización de las actividades se ajustaron a los recursos y las costumbres de cada comunidad participante. No se trató de bajar una receta única, sino de encontrar, en cada lugar, la manera de que la intervención pudiera sostenerse. “La clave consiste en sostener el principio de la intervención sin ignorar las diferencias culturales y sociales”, señaló, y la frase sonó a síntesis de todo lo que se discutió en la jornada.

Otro número que llamó la atención fue el de la adhesión. El 80 por ciento de los participantes tuvo un cumplimiento moderado o alto del programa, y el 84,9 por ciento completó la evaluación final. En investigación clínica, mantener enganchada a esa cantidad de personas durante dos años es un dato fuerte, sobre todo cuando se trabaja con mayores que muchas veces arrastran cansancio, enfermedades crónicas o distancias largas hasta los centros de salud. Para los investigadores, esa adherencia habla tanto del diseño del estudio como del hambre de respuestas que existe en la región. En América latina, la demencia avanza junto con el envejecimiento poblacional y todavía son pocos los países que cuentan con planes específicos para enfrentarla.

El encuentro dejó además una certeza incómoda: la prevención de la demencia no puede pensarse como un tema de especialistas aislados. Para que el enfoque funcione, hacen falta médicos clínicos que controlen la presión y la glucosa, nutricionistas que traduzcan los consejos a la mesa de cada familia, profesores de educación física que entiendan los límites de un cuerpo envejecido, trabajadores sociales que detecten el aislamiento y familias que entiendan por qué vale la pena cambiar un plato de comida o una rutina de caminata. Cuidar la memoria, dice el ensayo, termina siendo un asunto de toda la comunidad. Y en esa cadena, cada eslabón cuenta.

“La clave consiste en sostener el principio de la intervención sin ignorar las diferencias culturales y sociales.”Lucía Crivelli, jefa de Neuropsicología de FLENI e investigadora principal de LatAm-FINGERS
LM
Lucía MamaníSociedad y derechos

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