Cuesta decir que no porque nunca aprendimos a poner límites: cómo se construye y qué pasa cuando no aparece
La psicóloga clínica María Diarte explica que la dificultad para decir que no, o para tolerar que el otro lo diga, se gesta en la infancia. Ansiedad, insomnio y resentimiento son señales de alerta. Porque puede trabajarse, aunque lleva tiempo.
Son las 9 de la mañana del primer martes de julio, en un consultorio del barrio de Belgrano, y María Diarte, psicóloga clínica de la ciudad de Buenos Aires, prepara la agenda de la jornada: cuatro pacientes con cuadros distintos y un denominador común, la dificultad para decir que no sin sentir culpa, o para aceptar un no ajeno sin enojarse, dos caras de un mismo problema que se construye en los primeros años de vida y que, insiste la especialista, no es un rasgo inmodificable.
Yo llegué al consultorio de María luego de leer un paper suyo publicado en una revista de divulgación psicológica, y la encontré con la energía de quien sabe que lo que va a contar no es un capricho de la autoayuda sino una pieza clínica concreta: la dificultad para poner límites empieza a gestarse desde los primeros meses de vida, cuando el bebé necesita que alguien los ponga por él, porque sin un afuera que contenga no hay psiquismo posible, y las primeras frustraciones, el pecho que no siempre está, el no ante el peligro, la espera antes de la satisfacción, son el material con el que se construye la diferencia entre uno mismo y el otro, entre el deseo y la realidad.
Dos patrones opuestos y frecuentes
Cuando ese proceso no se completa bien, aparecen dos patrones que María describe con precisión clínica y que, según dice, ve una y otra vez en el consultorio.
- El que no puede poner límites. Aprendió que el propio deseo molesta o que decir que no pone en riesgo el vínculo. De grande acepta lo que no quiere, tolera lo que le hace daño y se hace cargo de lo que no le corresponde. Los costos son concretos: ansiedad, resentimiento acumulado y un cansancio que ningún descanso resuelve, porque no es físico sino psíquico. Con el tiempo, el cuerpo pone los límites que la persona no puso: dolores sin causa orgánica clara, insomnio, síntomas que aparecen donde la palabra no llegó.
- El que no tolera el límite ajeno. Cualquier no se vive como una ofensa o un desafío. Parece fortaleza, pero responde a una imagen frágil de uno mismo que necesita confirmarse venciendo la resistencia del otro. Las relaciones se organizan alrededor de su voluntad y, a mediano plazo, se vacían.
Entre esos dos extremos existe un punto intermedio que no es ni sumisión ni imposición, y María lo define con una frase que repite hasta el cansancio en las sesiones: la capacidad de decir que no sin culpa y de escuchar un no sin vivirlo como amenaza, una posición a la que se llega con esfuerzo, porque implica arriesgar el vínculo con alguien de quien se depende, afectiva o económicamente, pero un esfuerzo cuyo costo suele ser menor que el de las alternativas, que son la enfermedad, el enojo crónico o el aislamiento.
“El límite no es lo opuesto del amor; es una de sus formas. Y lo más importante: no es un rasgo inmodificable, se construyó en un momento y, cuando no se construyó bien, puede revisarse en un espacio de tratamiento adecuado, que es justamente el lugar donde se aprende a decir hasta acá sin sentir que se traiciona al otro.”María Diarte, psicóloga clínica (Buenos Aires)
Me despido en la puerta del consultorio con una pregunta que María me deja picando, casi como un ejercicio para llevar a casa y que aplica a cualquier lector: en qué situación te cuesta más poner un límite, con desconocidos o con quienes más querés, porque la respuesta, dice ella, suele decir mucho más de la propia historia de lo que uno está dispuesto a admitir.
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