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VIE, 16 OCT 2026
Vida

Cuando el rencor se queda: lo que el cuerpo paga por no soltar una ofensa

Guardar un agravio durante años no es solo una mochila emocional: la presión arterial sube, el sueño se altera, las defensas caen y la inflamación se instala. Una recorrida por lo que la ciencia sabe sobre los efectos físicos de cargar rencor y por qué, según los especialistas, el cuerpo siempre termina pagando la factura.

LM
Lucía MamaníSociedad y derechos · · lectura 4 min
Cuando el rencor se queda: lo que el cuerpo paga por no soltar una ofensa

Llegué a la consulta del psiquiatra Norberto Abdala, en un consultorio del centro porteño, pasadas las diez de la mañana, con la pregunta todavía dando vueltas en la cabeza: qué le hace realmente al cuerpo eso que llamamos rencor, ese volver una y otra vez sobre la misma ofensa como si la herida siguiera abierta. La respuesta, me advierte el especialista apenas me siento, es menos abstracta de lo que uno imagina. "El cuerpo que paga la factura es siempre el propio", dice, y la frase funciona como una síntesis de toda la conversación que viene después.

Porque el rencor no es lo mismo que la bronca de un momento. La bronca aparece con fuerza, tiene un pico y se va. El rencor, en cambio, es ese residuo que se queda dando vueltas en la cabeza durante años, a veces décadas, alimentado por una traición, una injusticia laboral, una ruptura amorosa o un conflicto familiar que nunca encontró resolución. Y mientras la mente insiste en repasar el agravio, el cuerpo interpreta ese recuerdo como si la amenaza siguiera siendo presente. Reacciona igual que frente a un peligro real, con la misma descarga de adrenalina, la misma activación del sistema de alarma, aunque lo que tiene enfrente sea solamente un recuerdo.

El corazón, el primero en resentirse

El primer efecto visible se registra en el sistema cardiovascular. La presión arterial se eleva de manera crónica y la frecuencia cardíaca se acelera incluso en reposo, porque el organismo no distingue entre un recuerdo y una amenaza concreta. Ese estado de alerta repetido, noche tras noche, mes tras mes, va sumando un desgaste que los cardiólogos conocen bien: aumenta el riesgo de enfermedad coronaria, hipertensa a personas que quizá no tenían motivos para estarlo y lesiona las arterias de forma silenciosa.

  • Sistema cardiovascular: presión arterial elevada de forma crónica y frecuencia cardíaca acelerada incluso en reposo, con mayor riesgo de enfermedad coronaria.
  • Eje hormonal: el cortisol, la hormona del estrés, se mantiene alto más tiempo del necesario, lo que altera el sueño, favorece la grasa abdominal y reduce la sensibilidad a la insulina.
  • Sistema inmunológico: las defensas bajan porque están ocupadas en una alarma que no se apaga, y se instala una inflamación de bajo grado vinculada a enfermedades crónicas.
  • Musculatura y postura: cuello, mandíbula y espalda se tensan de manera sostenida y aparecen cefaleas que no responden a un origen médico claro.
  • Eje intestino-cerebro: el aparato digestivo se resiente con molestias difusas que muchas veces no encuentran otra explicación que el estado emocional.
  • Fatiga persistente: no es cansancio físico, es el desgaste de sostener sin pausa una respuesta de emergencia que el cuerpo diseñó para ser breve.

El costo hormonal corre en paralelo al cardíaco. El cortisol, la hormona asociada al estrés, permanece elevado más tiempo del que le corresponde, y esa elevación sostenida termina desordenando el sueño, favoreciendo la acumulación de grasa abdominal y reduciendo la sensibilidad a la insulina. Es el camino por el que el rencor, sin hacer ruido, puede abrir la puerta a trastornos metabólicos que nada tienen que ver, en apariencia, con la ofensa original.

El sistema inmunológico también cede terreno. Cuando los mecanismos de defensa están sometidos a una demanda constante, las respuestas frente a infecciones comunes se vuelven más débiles y se instala lo que los especialistas llaman inflamación de bajo grado: un proceso silencioso, casi sin síntomas, pero vinculado con el desarrollo de enfermedades crónicas de distinto tipo, desde problemas cardiovasculares hasta deterioro cognitivo.

Una fatiga que no se explica por el esfuerzo

En el plano muscular la consecuencia es literalmente tensional. El cuello, la mandíbula y la espalda acumulan rigidez que no cede con el descanso, y por eso muchas cefaleas aparecen sin una causa médica aparente. El sistema digestivo se suma al cuadro, porque el eje intestino-cerebro es especialmente sensible al estado emocional: digestiones pesadas, molestias difusas, colon irritable. Todo puede estar hablando, en realidad, de lo mismo.

La fatiga que produce el rencor sostenido tampoco se explica por el esfuerzo físico. Es el desgaste de mantener, sin pausa, una respuesta de emergencia que el cuerpo humano diseñó para ser breve: unos segundos de alerta, una descarga, y de vuelta a la calma. Cuando esa calma nunca llega, lo que se acumula es agotamiento crónico, una sensación de estar corriendo sin moverse del lugar.

El psiquiatra Norberto Abdala, especialista en psiconeuroendocrinología, es prudente con las afirmaciones tajantes. Aclara que no hay evidencia sólida como para atribuir al rencor una enfermedad específica y determinada, pero sí para sostener que mantiene activados, de manera sostenida, mecanismos que son perjudiciales para el organismo. En esa línea, su frase resume el corazón del asunto: "el cuerpo que paga la factura es siempre el propio".

Antes de irme, le pregunto qué le diría a alguien que lleva años cargando una ofensa. Piensa un momento, se acomoda en la silla y responde con una calma que contrasta con todo lo que me acaba de describir: que mientras uno sigue mirando hacia atrás, recalentando lo que le hicieron, el organismo no distingue entre el recuerdo y el peligro real, y por eso termina respondiendo igual. Soltar, dice, no es olvidar: es dejar de pagar con el cuerpo una deuda que le pertenece a otro. Salgo a la calle con la sensación de que la nota, en realidad, recién empieza.

LM
Lucía MamaníSociedad y derechos

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