Cuando el querer de los padres se vuelve peso: la culpa que heredan los hijos, según Cynthia Wila
La psicóloga y autora del ensayo La culpa repasó cómo las expectativas familiares, incluso las que se expresan con cariño, pueden instalarse como mandatos difíciles de cumplir y dejar una huella que llega hasta la vida adulta.
Son las nueve de la mañana de un martes cualquiera y, mientras la pantalla muestra la videollamada con Cynthia Wila, uno no puede dejar de pensar en cuántas veces, en cualquier conversación familiar, alguien dijo "yo quiero que vos seas feliz" y del otro lado se escuchó, en realidad, una lista de condiciones que había que cumplir para merecer esa felicidad. La psicóloga, autora del ensayo La culpa (Paidós), se detiene justamente ahí: en ese hueco entre lo que se dice con afecto y lo que, sin querer, se termina exigiendo desde la crianza.
Expectativas que pesan como herencia
Wila, a quien contacté para esta nota, explica que muchas de las aspiraciones que madres y padres depositan en sus hijos incluyen proyectos que ellos mismos no lograron concretar, y que cuando esas metas se trasladan a los chicos aparece una demanda que, desde su mirada, resulta imposible de satisfacer: cumplir con los deseos pendientes de otra persona. "Las expectativas familiares muchas veces cargan con cosas que los padres no pudieron resolver", me dice Wila desde su consultorio, y la frase queda rebotando un rato largo, porque uno enseguida traduce eso a escenas conocidas: la carrera que el padre no pudo estudiar, el viaje que la madre postergó, el modelo de hijo o de hija que alguien imaginó de antemano.
Lo interesante de su planteo es que no hace falta que esas exigencias se digan a los gritos ni con palabras hirientes para que dejen marca. Un pedido expresado con cariño puede abrir, del mismo modo, la inquietud de los hijos por saber qué esperan los adultos y qué habría que hacer para conseguir su aprobación. Para la psicóloga, esa ansiedad muchas veces se traduce en culpa, sobre todo cuando la respuesta no termina de llegar.
Normas que cuidan y mandatos que restringen
En la conversación, Wila distingue dos cosas que a veces se mezclan y conviene separar:
- Las normas que ayudan a convivir, como las que ponen límites a la agresividad o al daño hacia otros, y que por eso cumplen una función clara.
- Los mandatos que restringen las elecciones personales y que terminan asociados al miedo a perder el afecto de quienes los transmiten, lo que condiciona las decisiones propias.
Esa segunda categoría, señala, es la que se carga de culpa, porque la persona termina eligiendo no desde lo que quiere sino desde lo que teme perder si desobedece. Y agrega algo que a mí, como adulta, me resonó especialmente: esas voces y esos juicios recibidos durante la infancia pueden incorporarse como reproches propios, de modo que la exigencia sigue funcionando en la adultez aunque ya no haya nadie formulándola desde afuera. El reproche, dice Wila, se vuelve interno y casi automático.
Repasar qué nos reprochamos, y por qué
Frente a ese mecanismo, la especialista propone algo tan simple como difícil de sostener en el tiempo: detenerse a pensar qué está pasando y examinar la responsabilidad concreta por los propios actos, en lugar de alimentar un cuestionamiento permanente sobre una misma. El eje de su propuesta es revisar de qué se acusa cada persona, y separar eso del peso difuso de tener que responder, todo el tiempo, por expectativas ajenas.
Wila también aclara que la influencia de la familia, la educación, la religión y la cultura varía mucho según las experiencias de cada persona, y por eso habla de recorridos individuales, atravesados por palabras, gestos y situaciones vividas. Antes de cortar la llamada, deja una idea que funciona como cierre y como invitación: "La culpa puede ser una señal para revisar qué decisiones estamos tomando y desde dónde las estamos tomando". Y uno se queda pensando cuántas decisiones propias, en realidad, se tomaron desde la voz de otro.
Comentarios
0Todavía no hay comentarios. Sé el primero.
Matriarcado Noticias