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VIE, 16 OCT 2026
Vida

Cuando el aula no se va: cómo se filtra el estrés escolar y de qué manera acompañarlo desde casa

La presión por los exámenes y las tareas puede extenderse más allá del horario de clase y traducirse en malhumores, conflictos familiares y hasta malestares físicos. La psicóloga Susan Albers, de Cleveland Clinic, propone un mapa concreto para ordenar obligaciones, sostener el descanso y abrir canales de diálogo sin convertir la casa en una extensión de la escuela.

LM
Lucía MamaníSociedad y derechos · · lectura 5 min
Cuando el aula no se va: cómo se filtra el estrés escolar y de qué manera acompañarlo desde casa

Son las siete y pico de la tarde de un martes cualquiera en un barrio porteño y, mientras todavía queda sol tibio sobre las veredas, en muchos hogares argentinos empieza un segundo turno que nadie agendó: el de la tarea, el examen del jueves, el mensaje del grupo de Whatsapp del curso pidiendo un trabajo práctico que se había pasado por alto y la pregunta de rigor —¿ya estudiaste?— que sobrevuela la mesa familiar como si fuera un capítulo más de la rutina. Lo que en principio parece un mal humor pasajero de un chico que vuelve del colegio, a veces es algo más: el estrés escolar filtrándose hacia adentro de la casa, modificando ánimos, relaciones y hasta el cuerpo. Yo llegué hasta acá después de leer un material reciente de Cleveland Clinic en el que la psicóloga Susan Albers, de Cleveland, pone el foco justamente en ese puente entre el aula y el living, y me pareció que valía la pena traducirlo a nuestra cotidianeidad, porque acá, en la Argentina, la mochila que muchos estudiantes arrastran no es solo la de las materias: trae también la del calor de enero, la del viaje largo en colectivo, la del comentario de la maestra en el cuaderno y la del propio WhatsApp de los padres.

Cómo se nota cuando el colegio pesa de más

Albers, a quien la clínica cita como especialista en el tema, advierte que la presión del colegio no siempre se dice: muchas veces se muestra. Y lo hace en variaciones del ánimo, en dificultades de conducta y en molestias físicas que aparecen en el peor momento del día, justo cuando en casa todavía queda merendar, ducharse y revisar lo del día siguiente. A las tareas y a las expectativas se suman las comparaciones en redes —el compañero que parece entender todo, la influencer que estudió en el exterior, la marca de ropa que ya marca jerarquías— y los mensajes que mantienen al estudiante enchufado con la exigencia escolar mucho después de que sonó el timbre de salida. La especialista distingue entre una exigencia que puede empujar a mejorar y una respuesta de estrés demasiado frecuente o demasiado larga en el tiempo. En el segundo caso, el cuerpo pierde para recuperarse y, lo que es más importante para cualquier padre, la preocupación intensa ocupa recursos de la memoria de trabajo, esa que se necesita justo cuando hay que resolver un problema de matemática o entender un texto en lengua, y entonces lo aprendido se vuelve más difícil de recuperar. Por eso, dice Albers, explicarles a los chicos esa relación —que cuidar el bienestar también rinde— puede ser el primer paso para que empiecen a tomarse en serio lo que les pasa.

El acompañamiento empieza por los grandes

Acá me detengo un segundo, porque me parece el punto más fuerte de toda la conversación y, a la vez, el más incómodo para cualquier casa: el acompañamiento frente al estrés escolar también empieza por los adultos. Para Albers, la manera en que responden quienes rodean a un estudiante influye directamente en cómo ese estudiante maneja la tensión. Hacer una pausa antes de reaccionar, mostrar que es posible pedir ayuda y, sobre todo, bancarse la propia bronca sin descargarla en el pibe que llega cansado son recursos concretos para enfrentar las exigencias cotidianas sin transformar la cena en un tercer examen. La necesidad de apoyo, además, no siempre se expresa con palabras, así que la mirada adulta importa: detectar el cambio de humor, preguntarse por qué aparece ese dolor de panza los domingos a la noche, abrir un canal antes de que la cosa se haga un quilombo.

Una hoja de ruta concreta para ordenar la jornada

  • Revisar qué tareas requieren resolución inmediata, qué pueden esperar y qué se pueden delegar o directamente sacar del medio, para no caer en la trampa de querer resolver todo junto.
  • Partir la obligación prioritaria en acciones más chicas y manejables: un trabajo práctico largo se convierte en buscar tres fuentes, escribir un borrador y revisar la bibliografía, y así deja de verse como un bloque imposible.
  • Sustituir el scroll permanente en redes por actividades que devuelvan la atención al presente, como dibujar, escuchar música con auriculares, salir a caminar unas cuadras o practicar una meditación breve.
  • Cuidar el descanso y los vínculos cara a cara: la conexión permanente con el aula —por chats, plataformas y notificaciones— aumenta la tensión y reduce las oportunidades de recuperación del cuerpo.
  • Ofrecer como adulto un modelo de cómo se trabaja sobre el propio estrés: si el padre o la madre también está abrumado, mostrar que pide ayuda puede ser más útil que un sermón sobre la responsabilidad.

El tiempo libre, según la especialista, merece la misma atención que el tiempo de estudio: las redes pueden estirar la sensación de estar bajo evaluación mucho más allá de lo razonable, y por eso conviene reemplazarlas, al menos por momentos, por actividades artísticas o de meditación que permitan volver al presente. Ese cambio, dice Albers, se complementa con hábitos básicos que muchas veces se olvidan —dormir las horas necesarias, comer algo verdadero en vez de picar frente a la pantalla, moverse un rato al aire libre— y que en la Argentina de hoy, entre tantas demandas y tan poco tiempo, se vuelven casi un acto de resistencia. El apoyo, además, puede extenderse más allá de la familia inmediata: contar con otros adultos de confianza —un tío, una vecina, una profesora particular— que puedan manejar sus propias emociones y acompañar al joven cuando las obligaciones lo sobrepasan funciona como una red de contención que no reemplaza a la familia, pero la descarga.

La palabra de la especialista

“Cuando un adulto se toma un momento antes de reaccionar y le muestra al estudiante que es posible pedir ayuda, le está enseñando, sin hacer un discurso, que la calma también es una herramienta para aprender. Acompañar desde ahí, con orden y con presencia, suele rendir más que cualquier apuro.”Susan Albers, psicóloga de Cleveland Clinic
LM
Lucía MamaníSociedad y derechos

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