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VIE, 16 OCT 2026
Vida

Crecen los suicidios juveniles en la Argentina y alertan por las señales que pasan desapercibidas en la vida cotidiana

Entre 2017 y 2025 las muertes por suicidio subieron 57,7% en el país y ya son la principal causa de fallecimiento entre los 15 y los 34 años. La psicóloga María Fernanda Azcoitía, directora del Centro de Asistencia al Suicida de Buenos Aires, sostiene que el proceso nunca es repentino y que familiares, docentes y compañeros de trabajo pueden advertir a tiempo si aprenden a mirar los cambios y, sobre todo, a escuchar.

LM
Lucía MamaníSociedad y derechos · · lectura 5 min
Crecen los suicidios juveniles en la Argentina y alertan por las señales que pasan desapercibidas en la vida cotidiana

El reloj marcaba las diez de la mañana de un martes cualquiera cuando crucé la puerta del Centro de Asistencia al Suicida, en el corazón de Buenos Aires, para encontrarme con María Fernanda Azcoitía, la psicóloga que dirige esa casa desde hace años y que cada semana atiende decenas de llamadas y consultas de personas que atraviesan crisis profundas, y lo hice con una pregunta que me venía dando vueltas desde que empecé a revisar los números oficiales: cómo puede ser que en un país que habla todo el tiempo de salud mental y de los jóvenes, las cifras de suicidio sigan subiendo de manera sostenida y, lo que es peor, ya se hayan convertido en la primera causa de muerte entre los 15 y los 34 años, por encima incluso de los accidentes de tránsito, una noticia que golpea de lleno en la vida cotidiana de cualquier familia argentina que tenga un hijo, un nieto o un alumno en edad escolar.

Los datos que abren este debate son tan recientes como preocupantes: en 2025 se registraron 5.209 muertes por suicidio en la Argentina, mientras que en 2017 esa cifra había sido de 3.304, lo que significa un aumento del 57,7% en apenas ocho años, y la tasa nacional pasó de 8,2 a 11,8 casos cada 100.000 habitantes, un salto que los especialistas vienen observando con atención porque, como advirtió la Organización Mundial de la Salud ya en la década pasada, este crecimiento de la depresión y del suicidio no es un fenómeno exclusivamente argentino sino una tendencia registrada a escala global, lo que no impide que acá duela el doble cuando uno se cruza con las historias detrás de cada número.

Una marca que dejó el aislamiento y volvió con la presencialidad

Azcoitía, que en diálogo con este portal eligió ser muy clara desde el arranque, me explicó que el período de aislamiento social por la pandemia dejó una huella particular en los adolescentes que cursaban la escuela secundaria en ese momento, porque muchos de ellos, sobre todo los que ya tenían dificultades para vincularse con sus pares, terminaron de cerrar la puerta al mundo exterior y, cuando les tocó volver a las aulas y a la rutina de manera presencial, se encontraron de golpe con exigencias sociales y emocionales para las que no habían tenido tiempo ni espacio de desarrollar recursos, una situación que en muchos casos se sostuvo en los años siguientes y que hoy, según la especialista, se nota en las consultas que llegan al centro que ella conduce desde Buenos Aires.

Ante la pregunta del millón, la de si existe una causa única que explique por qué un joven decide quitarse la vida, la psicóloga fue terminante y eligió la frase más simple y más fuerte que tiene en su repertorio profesional: el suicidio siempre es multicausal y nunca hay una sola razón, y agregó que en cada caso se combinan factores psicológicos, relacionales, familiares y hasta biológicos, de manera que un deterioro económico, una ruptura amorosa o un conflicto escolar pueden formar parte del contexto, pero ninguno por sí solo alcanza para explicar una muerte, una idea que a mí, como lectora y como periodista, me parece clave para dejar de lado los análisis de manual y empezar a mirar los casos con la complejidad que realmente tienen.

“El suicidio siempre es multicausal, nunca hay una sola razón.”María Fernanda Azcoitía, psicóloga y directora del Centro de Asistencia al Suicida (CAS)

Las señales que el entorno puede aprender a leer

Cuando le pregunté qué pueden hacer concretamente los familiares y los docentes para detectar a tiempo un cuadro de riesgo, Azcoitía fue muy pedagógica y me dijo que la clave está en observar los cambios respecto de la conducta habitual de cada persona, porque no es lo mismo un adolescente que siempre fue expansivo y de golpe se aísla del mundo que otro que era más inhibido y empieza a tener conductas disruptivas o agresivas que nunca había tenido, y eso vale tanto para el chico que se encierra en su pieza como para la joven adulta que ya se fue a vivir sola y empieza a faltar al trabajo o a cortar lazos con sus amigos, una situación en la que la detección suele recaer en los compañeros de oficina o de estudio, que son muchas veces los primeros en notar que algo no anda bien.

Sobre el papel de las pantallas y las redes sociales, que en la Argentina de hoy ocupan buena parte de la vida diaria de cualquier adolescente, la directora del CAS evitó una condena general y eligió poner el foco en el uso que cada persona les da: el problema no es la herramienta en sí, sino cuando esas plataformas desplazan a los vínculos presenciales y, sobre todo, cuando quien las usa es alguien previamente vulnerable, porque ahí la combinación puede volverse letal, y ese razonamiento me pareció especialmente valioso para los padres y docentes que muchas veces se sienten sobrepasados por la complejidad del mundo digital y necesitan entender que no se trata de prohibir pantallas sino de estar atentos a cómo se usan y en qué contexto.

Antes de cerrar la entrevista, mientras me despedía en la sala del centro, Azcoitía insistió en un punto que atraviesa toda su mirada profesional y que a mí me parece la frase más importante de toda la conversación, una que vale la pena repetir en cada casa y en cada escuela del país: el proceso nunca ocurre de un día para el otro, siempre hay señales, y aprender a leerlas puede marcar la diferencia entre una vida y una muerte.

LM
Lucía MamaníSociedad y derechos

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