Ciática: la rutina se construye sobre el dolor y no al revés
La fisioterapeuta Jennifer Howe y el cirujano Rohan Desai detallan cómo adaptar los movimientos de cadera, abdomen y espalda a cada cuadro, y remarcan los signos de alarma que obligan a dejar el ejercicio y consultar de inmediato.
Eran cerca de las diez de la mañana cuando me senté frente a la pantalla a leer, una vez más, las recomendaciones que difunden los especialistas británicos sobre uno de los malestares más comunes y, a la vez, más malentendidos que arrastra la gente de cuarenta, cincuenta y sesenta años: la ciática. Lo hice con la sensación de que, por cada vecino que me cuenta que se le "traba la espalda" y termina en la guardia, hay otros tantos que conviven con el dolor en silencio, probando ejercicios de internet que a veces alivian y otras veces empeoran el cuadro, y por eso me pareció valioso detenerme en la letra chica de lo que explican la fisioterapeuta Jennifer Howe, de Edimburgo, y el cirujano ortopédico de columna Rohan Desai, y dejarlo por escrito para que cualquiera pueda leerlo con tiempo, en casa, después del mate.
Lo primero que aclaran los dos profesionales, y que a mí me parece el punto de partida de toda conversación seria sobre este tema, es que la irritación del nervio ciático suele traducirse en un dolor que se desliza desde la zona lumbar hacia una pierna, a veces como una molestia profunda, otras veces como una quemazón o un hormigueo que no se va, y que esa variedad de sensaciones obliga a ser muy prudente a la hora de elegir cualquier movimiento, porque lo que le hace bien a un paciente puede ser contraproducente para otro, y la recomendación general es que cada rutina se arme a partir de la evaluación clínica y de la respuesta concreta que el cuerpo vaya dando mientras se ejecuta.
Antes de mover nada, las señales de alerta
Desai y Howe coinciden en una regla que no admite excepciones y que, por su importancia, vale la pena repetir en voz alta: si el ejercicio provoca más dolor o más presión de la que había al empezar, hay que interrumpirlo, y si en algún momento aparecen debilidad muscular, una pérdida marcada de sensibilidad o dificultades para controlar la vejiga o los intestinos, la indicación es concurrir al médico sin demoras, porque esos son los llamados signos de alarma, los que pueden estar hablando de una compresión nerviosa seria que necesita un abordaje distinto al de los estiramientos hogareños.
- Dolor creciente o sensación de presión que aumenta durante el movimiento: frenar y revisar la postura.
- Debilidad en la pierna afectada, por ejemplo, dificultad para levantar el pie al caminar.
- Pérdida marcada de sensibilidad, sobre todo en la zona genital o en la cara interna del muslo.
- Cambios en el control de la vejiga o los intestinos, como dificultad para orinar o pérdida involuntaria.
- Adormecimiento que no cede con el reposo o que se extiende cada vez más por la pierna.
Cuatro ejercicios pensados para acompañar, no para forzar
Dicho esto, y siempre con la condición de que sirven como orientación y no reemplazan el diagnóstico, Howe describe una serie de movimientos que, en su experiencia, suelen tolerarse bien cuando la molestia está dentro de lo esperable, y me pareció importante transcribirlos con sus tiempos tal como ella los plantea, porque muchos pacientes se pierden en el "cuánto" y el "cómo", y la precisión, en estos casos, es parte del tratamiento. Para movilizar la cadera, propone acostarse boca arriba, apoyar un tobillo sobre la rodilla de la pierna opuesta y llevar ambas hacia el pecho, formando esa figura de cuatro que cualquiera que haya ido a un kinesiólogo conoce, manteniéndola treinta segundos y repitiendo tres veces por lado. Para la zona lumbar, sugiere acercar las dos rodillas al pecho durante medio minuto, también con tres repeticiones, siempre y cuando el dolor que baja por la pierna disminuya, y agrega una variante pensada para cuando la ciática está asociada a una hernia de disco: recostarse boca abajo, apoyar el cuerpo sobre los antebrazos con los codos alineados debajo de los hombros, sostener la postura treinta segundos y repetir solo si la molestia que desciende por la pierna mejora, una recomendación que, según me imagino, le cambiará la jornada a más de uno que estaba dejando pasar el dolor por miedo a moverse.
El otro movimiento que vale la pena destacar es el del abdomen, porque trabaja una zona que suele quedar olvidada cuando se piensa en la ciática y que, sin embargo, sostiene toda la arquitectura de la espalda: acostado boca arriba, con las piernas flexionadas y las plantas de los pies apoyadas sobre la cama, se contrae el abdomen buscando pegar la zona lumbar contra el colchón, se sostiene cinco segundos y se repite diez veces, con la idea de que esa activación profunda le quite carga a la columna y, de esa manera, le saque presión al nervio irritado, que en definitiva es el objetivo de toda esta conversación, recuperar las actividades cotidianas de a poco, sin apurarse y sin exigirle al cuerpo más de lo que puede dar en cada etapa.
“El ejercicio tiene que interrumpirse apenas empieza a generar más dolor o más presión, porque si lo que debería aliviar termina empeorando el cuadro, dejamos de estar ante una herramienta y pasamos a estar ante un problema.”Jennifer Howe, fisioterapeuta (Edimburgo)
Me fui de la lectura con la sensación de que la mejor forma de cuidar la espalda y el nervio ciático es tratarlos con respeto y sin improvisar, y de que, en temas de salud, la prudencia nunca está de más, sobre todo cuando del otro lado hay un cuerpo que viene cargando meses, y a veces años, de molestias que nadie le había explicado bien.
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