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VIE, 16 OCT 2026
Vida

Chacarita, vinilo y silencio de teléfono: una tarde en el corazón analógico de Artlab

En un galpón de 540 metros cuadrados sobre la calle Roseti, un DJ de Villa Urquiza armó un templo de parlantes de los años cincuenta donde se escuchan álbumes enteros sin celular. Este domingo, ese mismo lugar cierra la octava edición porteña del festival canadiense MUTEK.

LM
Lucía MamaníSociedad y derechos · · lectura 4 min
Chacarita, vinilo y silencio de teléfono: una tarde en el corazón analógico de Artlab

Llegué a Roseti 93 pasadas las cuatro de la tarde, cuando el sol de la primavera todavía pegaba fuerte sobre la vereda de Chacarita y el portón del galpón estaba abierto de par en par, como invitando a pasar. Adentro, el lugar se siente más grande de lo que dice el plano: son 540 metros cuadrados distribuidos entre una sala principal donde cuelgan del techo unos bafles rectangulares color crema que, según me cuentan, tienen más de siete décadas encima. El silencio es apenas una ilusión, porque apenas uno se queda quieto empieza a notar el zumbido cálido de los amplificadores a válvulas, ese rumor que delata a los equipos viejos bien cuidados. En esa atmósfera me recibió Gonzalo Solimano, DJ y productor nacido en Villa Urquiza en 1979, que desde 2015 comanda este espacio bautizado Artlab y que este domingo será escenario del cierre porteño del festival MUTEK.

Un tesoro de 1954 como columna vertebral

Solimano me explicó, mientras acomodaba una bandeja de vinilos sobre la consola, que el alma del lugar es una colección de ocho sistemas de parlantes Altec modelo A7 fabricados en 1954, piezas de las que hay indicios, todavía no verificados del todo, de que salieron de un cine emblemático de Buenos Aires. Esa herencia cinematográfica es la que, en buena medida, explica por qué el sonido del galpón se escucha distinto a cualquier boliche del circuito electrónico: las cajas son enormes, de madera, y fueron pensadas originalmente para llenar salas grandes con voz humana, no para empujar graves de pista. Por eso, cuando se monta una sesión acá, la música gana en textura y pierde esa estridencia a la que muchos ya se acostumbraron con los sistemas digitales. La dirección artística es clara: parlantes analógicos de los años cincuenta, vinilo cuando se puede, y el teléfono, en el bolsillo.

Dos ciclos para escuchar de otra manera

El corazón del lugar son dos programas regulares que conviven en la agenda. Audiófilos es el más llamativo: la convocatoria es a escuchar un álbum completo, de principio a fin, sin conversar y, sobre todo, sin mirar el celular. El repertorio es amplio y va de Miles Davis a Pink Floyd, de Invisible a Massive Attack, y la elección del soporte —vinilo, CD o archivos lossless— se decide según qué formato rinda mejor para cada obra. Círculo de Sonido, en cambio, mantiene viva la tradición bailable del house, con el propio Gonzalo y otros DJs pasando por la consola a lo largo de la noche. Lo que comparten ambos es la idea de recuperar rituales alrededor de la música: esperar a que un disco termine, mirar a la persona que está al lado, dejarse llevar por lo que suena en el momento.

Este domingo, Artlab será el escenario de cierre de la octava edición porteña del festival MUTEK, un encuentro de música electrónica experimental, arte audiovisual y nuevas tecnologías nacido en Montreal en el año 2000 y que Solimano trajo al país por primera vez en 2018. A diferencia de los festivales masivos del género, la escala de MUTEK es íntima y el perfil del público, más curado: se trata de propuestas que cruzan sonido y visuales, performances con sensores e instalaciones lumínicas, en un formato que busca dialogar con el espacio que lo contiene. Que la última noche caiga acá no es casualidad: encaja con la filosofía de un galpón pensado para escuchar, no para pasar de largo.

“Veo a las nuevas generaciones con muchas ganas de volver a tener objetos físicos y creo que estos formatos ayudan a construir rituales alrededor de la música.”Gonzalo Solimano, director de Artlab

Inteligencia artificial, vinilo y teléfono guardado

Antes de irme le pregunté a Gonzalo por dos temas que suelen dividir al público: el regreso del vinilo y el uso de inteligencia artificial en la música. Sobre lo primero, se mostró sorprendido, pero para nada escéptico: contó que nota en las nuevas camadas un entusiasmo genuino por volver a tener objetos físicos, discos con portada y notas interiores, y que esa búsqueda de ritual explica también el interés creciente que percibe por el CD. Sobre la inteligencia artificial, la respuesta fue medida y firme: la considera un recurso potentísimo siempre que funcione como asistente del artista, no como reemplazante. En sus propias palabras, la clave es que la herramienta simplifique procesos y acompañe la investigación creativa, no que termine haciendo la obra entera. Después de casi dos horas de charla, salí a Roseti con la sensación de que todavía quedan en Buenos Aires lugares donde la música se trata como lo que fue alguna vez: una experiencia compartida, con cuerpo presente y teléfono guardado. Como me dijo Gonzalo al despedirse, casi en la puerta, mientras me señalaba un disco apoyado en la bandeja: la próxima vez traé el walkman, no la pantalla.

LM
Lucía MamaníSociedad y derechos

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