Bajar de peso no es solo cuestión de voluntad: por qué sumar apoyo psicológico a los tratamientos marca la diferencia
Factores genéticos, emocionales y del entorno condicionan la relación con la comida y la capacidad de sostener los cambios a largo plazo. La Organización Mundial de la Salud recomienda una atención que integre lo conductual, lo nutricional, lo psicológico y lo médico, y un metaanálisis de 37 estudios confirmó los resultados favorables de las intervenciones psicológicas frente a los abordajes convencionales.
Son las siete de la mañana de un martes cualquiera y la sala de espera del consultorio de nutrición en el barrio de Once empieza a poblarse de pacientes que llegan con sus balanzas, sus carpetas y esa mezcla de expectativa y cansancio que arrastra cualquiera que haya intentado bajar de peso más de una vez en la vida. Me senté en una de las sillas de plástico, con el grabador apagado todavía, y la primera paciente en atenderme, María, de Lanús, me dijo algo que se me quedó grabado durante toda la jornada: «Yo ya sé qué tengo que comer, el problema es que a veces como igual y después me siento la peor persona del mundo». Esa frase, que escuché en distintas versiones a lo largo de la mañana, resume mejor que cualquier manual por qué bajar de peso no depende solo de comer menos y moverse más, y por qué la psicología se volvió una pieza clave en los tratamientos para adelgazar.
El hambre, el descanso, el estrés, el estado de ánimo, la genética y el entorno alimentario inciden de manera directa en la relación con la comida y en la posibilidad de mantener los cambios con el tiempo, y cuando los tratamientos se limitan a dar pautas de alimentación y ejercicio sin contemplar esos factores emocionales y conductuales, los resultados suelen ser difíciles de sostener, algo que la propia Organización Mundial de la Salud viene advirtiendo hace años.
Lo que dice la OMS y qué halló el metaanálisis
La OMS sostiene que la obesidad surge de la interacción entre una susceptibilidad biológica y las influencias ambientales y psicosociales que rodean a cada persona, y por eso recomienda un abordaje multimodal que integre intervenciones conductuales, nutricionales, psicológicas y médicas, adaptadas a las necesidades de cada paciente. En la misma línea, un metaanálisis que revisó 37 estudios, entre ellos 21 ensayos clínicos aleatorizados, encontró resultados favorables de las intervenciones psicológicas frente a los abordajes mínimos o habituales en el manejo del peso, y la terapia de aceptación y compromiso fue la que presentó la evidencia más consistente de eficacia en el seguimiento posterior a los 18 meses, según el trabajo publicado en la revista Obesity Reviews.
Genética, metabolismo y la trampa del «yo no puedo»
- Ciertas variantes genéticas influyen en los mecanismos cerebrales que regulan el hambre y la saciedad, y explican por qué hay personas que sienten más apetito o menos saciedad que otras aun comiendo lo mismo.
- Otras variantes intervienen en el metabolismo, es decir, en la forma en que el organismo usa y almacena energía, lo que ayuda a entender por qué dos personas con planes alimentarios similares pueden obtener resultados muy distintos.
- El estado emocional y el nivel de cansancio afectan de manera directa la capacidad de sostener decisiones vinculadas con la alimentación, y ahí es donde el acompañamiento psicológico marca la diferencia.
Lo que escuché una y otra vez en los consultorios que recorrí es que, ante un episodio en el que alguien se sale del plan previsto, una respuesta rígida suele generar la sensación de haber perdido el control por completo, lo que a veces termina derivando en comer de forma desinhibida, mientras que una respuesta más flexible permite reconocer el episodio sin interpretarlo como el abandono absoluto del proceso, una distinción que parece sutil pero que en la práctica cambia la manera en que la gente se relaciona con la comida y con su propio cuerpo.
Un tratamiento pensado a largo plazo
La Sociedad Europea de Cardiología plantea que el tratamiento de la obesidad requiere un abordaje prolongado que combine alimentación, actividad física y aspectos psicológicos, orientado a cada persona, y esa mirada integral es la que cada vez más equipos de salud en la Argentina están empezando a aplicar, con derivaciones formales entre nutricionistas, médicos clínicos, endocrinólogos y psicólogos, aunque todavía no en todos los centros de manera sistemática.
“Yo ya sé qué tengo que comer, el problema es que a veces como igual y después me siento la peor persona del mundo.”María, paciente de Lanús, en la sala de espera del consultorio de nutrición en Once
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