Adelgazar con medicamentos: por qué la pastilla sola no alcanza y qué controles pide el especialista
La jefa de Nutrición del Hospital de Clínicas de la UBA, Pilar Quevedo, repasó cómo funcionan la semaglutida y la tirzepatida, por qué el descenso de peso debe ir acompañado de hábitos y por qué suspender el tratamiento sin plan puede hacer recuperar los kilos.
Eran cerca de las diez de la mañana de un martes cualquiera cuando llegué hasta el Hospital de Clínicas de la Universidad de Buenos Aires, en el corazón de la Ciudad Autónoma, y me acomodé en un pasillo interno de la División de Nutrición Clínica y Metabolismo para escuchar a Pilar Quevedo, la jefa del servicio, explicar algo que cada vez se escucha más en los consultorios porteños: cómo actúan los medicamentos que se usan para tratar la obesidad y, sobre todo, qué hace falta hacer mientras se los toma. Yo había ido hasta ahí, en parte como paciente frustrado que conoce de memoria la palabra dieta y en parte como cronista, porque quería entender por qué tanta gente arranca un tratamiento con mucha ilusión y lo abandona a las pocas semanas sin haber cambiado casi nada. La respuesta de Pilar, que me atendió con la calma de quien sabe que estas conversaciones no se apuran, fue tan práctica como humana: la medicación no reemplaza al médico, ni al nutricionista, ni al movimiento, ni al sueño, y mucho menos a la historia personal de cada uno.
Pilar Quevedo arrancó la charla por el principio, y me insistió en algo que en su división repiten hasta el hartazgo: antes de tocar una dosis hay que pasar por una evaluación médica completa. No es un trámite, dijo, sino el momento en que el equipo decide si el fármaco tiene sentido, qué objetivo se persigue y cómo se va a controlar el proceso. Esa primera consulta sirve para mirar el peso, la composición corporal, los análisis de sangre, los antecedentes clínicos y, sobre todo, la historia con las dietas previas. Ahí también se aclara que el descenso no puede ser a cualquier velocidad, porque bajar demasiado rápido, o perder kilos a costa del músculo, es una mala señal.
Cómo se ajustan las dosis y por qué importa la titulación
La médica me explicó que las dosis se suben de a poco, mediante lo que en el consultorio llaman titulación, y que ese ritmo depende de cómo responda cada paciente. Hay personas que toleran bien el aumento y otras que necesitan ir más lento, y la diferencia la marcan las náuseas, la tolerancia digestiva y la respuesta del apetito. Lo que el equipo va mirando en cada control es si el hambre cede, si la saciedad aparece y si el cuerpo va perdiendo grasa sin resignar músculo, que es uno de los puntos que más preocupan a los especialistas.
Sobre la semaglutida y la tirzepatida, las dos moléculas más instaladas en la conversación pública, Pilar fue clarísima: son análogos de hormonas que el intestino produce de manera natural y que se conectan con el cerebro, el estómago y el páncreas. La semaglutida trabaja sobre un receptor, mientras que la tirzepatida lo hace sobre dos vías complementarias, y en ambos casos el resultado es que el cuerpo se entera antes de que ya comió lo suficiente. Esa sensación de sentirse satisfecho con menos comida es la que permite sostener un plan alimentario que de otra forma sería muy difícil de mantener.
- Evaluación médica previa con análisis, composición corporal y revisión de antecedentes.
- Titulación progresiva de la dosis, ajustada a la tolerancia y a la respuesta de cada paciente.
- Trabajo de fuerza y actividad cardiovascular para preservar masa muscular mientras se baja de peso.
- Alimentación guiada por profesionales y plan de hidratación.
- Sueño y descanso como parte del tratamiento, no como un extra.
- Controles periódicos que midan grasa, músculo, glucemia y efectos adversos.
- Estrategia integral para sostener el descenso después de alcanzar el objetivo.
El hambre no es un capricho: lo que se ve en el consultorio
En el día a día del consultorio, me contó Pilar, aparecen una y otra vez los mismos relatos: gente que vive con hambre intensa, que se levanta pensando en comida, que come y al rato ya está buscando otra cosa, que no logra sentirse satisfecha ni aun cenando un plato completo. Esas historias, me dijo, no se explican con un reproche moral ni con el clásico «es falta de voluntad», porque la obesidad es una enfermedad multifactorial donde pesan lo genético, lo hormonal, lo emocional y el entorno. Por eso insistió en que el fármaco es una herramienta, no la solución entera: la medicación modula señales, pero la cabeza, los hábitos y el acompañamiento siguen haciendo la diferencia.
Otro punto que la médica marcó con preocupación es lo que pasa cuando alguien llega al peso que buscaba y decide dejar la medicación por su cuenta. Ahí aparece lo que ella llama recurrencia: el cuerpo activa mecanismos para recuperar lo perdido, y sin una estrategia integral —alimentación sostenida, ejercicio, controles y acompañamiento profesional— los kilos suelen volver. De ahí la insistencia en entender estos tratamientos como un proceso largo, no como un atajo de unos meses.
Antes de despedirnos, en un pasillo que empezaba a llenarse de pacientes que iban llegando para sus turnos, le pregunté a Pilar qué le diría a alguien que está por empezar un tratamiento de estos y está lleno de expectativas. Ella se tomó un segundo, me miró y me dijo, con esa mezcla de firmeza y ternura que se ve poco: «Tomátelo como un proyecto de vida, no como una receta mágica». Esa frase me quedó sonando mientras salía a la calle, en una mañana de semana en la que, otra vez, alguien iba a empezar a cuidarse un poco más.
“Tomátelo como un proyecto de vida, no como una receta mágica.”Pilar Quevedo, jefa de la División de Nutrición Clínica y Metabolismo del Hospital de Clínicas de la UBA
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