268 escalones, una silla de ruedas y la vuelta al mundo que cambió todo
Fletcher Crowley y Lachie Bennett, amigos de toda la vida, armaron un viaje por Europa, Asia, África y Sudamérica que se volvió una cruzada contra los mitos sobre la accesibilidad. La historia, contada desde la experiencia de recorrer el mundo en primera persona.
Son las diez de la mañana en Sídney y la pantalla de la compu se ilumina con una videollamada que llega del otro lado del mundo. Del otro lado aparece Fletcher Crowley, un australiano que a los 17 años se fracturó dos vértebras en un accidente en bicicleta de montaña y quedó parapléjico. Lo que en cualquier otro guion sería el final de una vida aventurera, para él terminó siendo el arranque de una cruzada que todavía sigue vigente.
Lo conozco porque en la redacción alguien me pasó un video suyo subiendo, literalmente a upa, los 268 escalones que llevan al Gran Buda de Hong Kong. No lo podía creer. Me senté a investigar y me encontré con una historia que tiene más capas que una milanesa: habla de amistad, de obstáculos concretos, de plata, de ansiedad y de un lema que se repite como un mantra cada vez que alguien les pregunta cómo hacen para moverse por el mundo en silla de ruedas. El lema es: "El mundo no es accesible, nosotros lo somos."
Una cena de madrugada en el hospital
Fletcher y Lachie Bennett se conocen desde que iban juntos al colegio, pero se reencontraron de grande en un centro de rehabilitación para personas con lesiones medulares, en Melbourne. Lachie trabaja ahí como terapeuta y, casualidad mediante, los dos terminaron compartiendo turnos nocturnos. Una noche, mientras comían en el comedor del centro, empezaron a charlar y se dieron cuenta de que la música, la moda, las ganas de conocer gente nueva y, sobre todo, la ansiedad que los dos habían atravesado eran un terreno común enorme.
“Descubrimos que teníamos mucho más en común de lo que pensábamos, y eso nos hizo clic para empezar a viajar juntos.”Fletcher Crowley, Sídney
De dos semanas a tres meses
El viaje grande arrancó casi de chiripa. Iban a escaparse dos semanas cuando apareció una promoción de una vuelta al mundo con múltiples escalas. La compraron sin pensarlo demasiado y, de un plumazo, se armaron un itinerario que después sería la envidia de cualquier cuenta de Instagram: Hong Kong, Italia, Austria, Suiza, Países Bajos, Francia, España, Brasil y Sudáfrica. Todo en tres meses. Todo en silla de ruedas, con Lachie cargando a Fletcher cada vez que la geografía no daba para más.
- Hong Kong: 268 escalones al Gran Buda, con Lachie cargando a Fletcher en la espalda.
- Suiza: una familia que los seguía en redes los invitó a quedarse en su casa.
- Francia: una noche en una capilla del siglo X cerca de Niza y unos días en una granja de ovejas.
- Brasil: cuatriciclo por la selva y experiencias que, según contaron, les volaron la cabeza.
- Sudáfrica: safari, buceo con tiburones y vuelo en parapente.
La logística, el dinero y el detrás de escena
No todo fue épico. Hubo lugares donde directamente no pudieron entrar y tuvieron que dar media vuelta o improvisar. Fletcher me lo resumió con una frase que me quedó sonando: "Puede requerir un poco más de planificación y a veces las cosas tardan más, pero encontramos la manera de que casi todo funcione." El arranque fue con ahorros propios, pero cuando empezaron a subir videos del viaje, la respuesta fue tan bestia que terminaron lanzando una campaña de micromecenazgo que les dio aire para ser más espontáneos. Gran parte del alojamiento, además, se resolvió por contactos que fueron apareciendo sobre la marcha, incluso a través de redes sociales.
Cuando le pregunté qué se lleva de todo esto, Fletcher se tomó un segundo, miró para un costado y me dijo algo que, en realidad, es bastante más grande que un viaje: "El mundo no es accesible, nosotros lo somos." La frase me la bajó Lachie unos minutos después, con la misma entonación, como si fuera un pacto entre los dos. Y ahí, del otro lado de la pantalla, me quedó dando vueltas la sensación de que estos dos pibes australianos, sin proponérselo del todo, terminaron armando una forma de militancia con valija y mochila.
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